Los inicios en la escritura


Por:  Natalie Golberg  en su libro: La escritura, una terapia creativa

Ha pasado mucho tiempo desde que empecé a escribir, de tal manera que por mucho que intento recordar, a veces me resulta difícil volver a la mente de un principiante. Pero el hecho de correr me ha devuelto claramente el recuerdo de lo que es empezar y eso es bueno. Me hace más compasiva con mis estudiantes. Corro colina arriba y me faltan otras siete y todo cuanto oigo en mi cabeza los quince primeros minutos, como un cántico, es: “no puedo, no puedo, no puedo”. Y mi cuerpo es un peso muerto que me las arreglo para desplazar al ritmo de la erosión de las pirámides de Egipto.

frustración

Y así recuerdo el primer año muerto de escribir, cuando ansiaba ser escritora. Tenía veinticuatro años y no sabía cómo. No sabía de dónde sacaban las ideas los escritores ni sobre qué escribían. Me sentaba a la mesa de la cocina intentando pensar en algo qué escribir. “Veamos” me decía. Recorría la habitación con la vista. “ El techo es blanco”, escribía en el cuaderno. Entonces paraba otros diez minutos. Inventaba otra frase: “Me duele la rodilla” Luego llegaba un poquito de inspiración. “anoche tuve un sueño, pero lo he olvidado”. Esto era difícil, doloroso, pero bueno. Estaba creando mi propia relación con la escritura. Con el tiempo, encarando ese lodo muerto, reclamé la escritura como propia.

Escribir en comunidad, en grupo, con un amigo es un café, es un buen estímulo, pero el punto flaco de la escritura es arrostrar esa inercia, sentarse en ella, quedarse en ella y no salir huyendo. Esto te da un poder de punto muerto. Aunque tu amigo olvide la cita para escribir, tú escribirás. Aunque tu familia te critique, estés destrozado, pienses que eres estúpido, tengas artritis, tú escribirás.

Estoy pensando en una mujer que conozco en Boulder (Colorado). Acudió a mí. Creí yo, para hacer una sesión de escritura de una hora. Vino desde Denver. Entró en la cocina, se sentó a la mesa y rompió a llorar. Quiero ser escritora. Soy dueña de una agencia de publicidad. Tengo mucho éxito, pero quiero ser escritora.

Pues sé escritora. Vende la agencia.No soy buena terapeuta. Yo digo lo que hay que hacer. Ella asintió con la cabeza.

“En esto se ha convertido mi vida, quiero irme a escribir y aquí estoy aconsejando a una extraña”, pensé.

Para mi sorpresa acudió a mi taller de verano tres meses después. Había iniciado el proceso de venta de su negocio. Pensé: “Dios mío, va en serio”. Aquel invierno, de camino a Minnesota, tuve que cambiar de avión en Denver. La escala era de una hora, llamé a Daniela por teléfono.

Natalie, ¡Dios mío! Aquí estoy, sentada, intentado escribir toda la mañana. Tengo el escritorio frente a una ventana, papel en blanco, pluma. ¿Qué hago ahora? Le dije que empezara a mover la mano.

Quería decirle que el primer año no es un potro desbocado, que tiene poco de excitante. Se parece más a caminar por el impenetrable desierto sin final a la vista. Buscan una imagen y se convierte en un espejismo. Todo está vacío. Nada de lo que escribes se sostiene. Es como intentar agarrar un puñado de arena con la mano abierta: los gránulos se cuelan entre los dedos extendidos. Puede decirse que es una gran prueba. “Ay, he cometido un error? ¿Debería haber conservado mi trabajo, tan bien pagado? Mis padres piensan que estoy desperdiciando mi vida; los niños quieren saber qué hago todo el día”. Las cosas externas a nosotros siempre implorarán nuestra conformidad, pero no constituyen el verdadero desafío. Solamente son una excusa o un asidero para cuando nos vemos incapaces de afrontar esa inercia interior, esa resistencia y aburrimiento que brotan tan pronto como hacemos algún esfuerzo en pos de algo que ansiamos tanto.

Este sentimiento muerto golpea fuerte e impregna el primer año. Vuelve a menudo para ponerte a prueba en años sucesivos, pero si pasas el primer año, entonces ya sabes de qué va. Nunca tendrá el poder de volverte a derrotar. Ahora, cuando me cuesta mucho escribir, suelo decirme: “No hay como el fracaso”. Con respecto a escribir, el único fracaso es dejar de hacerlo. Entonces te fallas a ti mismo. Te afirmas en tu resistencia. No lo hagas. Deja que el mundo exterior te grite. Crea un mundo interior de determinación. Cuando alguien se quejaba de tener que levantarse a las cinco de la mañana para hacer meditación, Katagari Roshi decía: “Haced esfuerzos positivos por lo bueno”. A menudo me repito estas palabras cuando al impulsar la pluma sobre el papel me parece como si yo, sola, tuviera la responsabilidad de hacer girar la tierra alrededor del sol. Bien, seguramente es verdad. Cada uno de nosotros crea el mundo, es mejor que nos pongamos a trabajar.

La semana pasada vi a Daniella en un curso. Había pasado el año de prueba . yo percibía su determinación. Esto no significa que para ella estaba claro, pero era patente para otra persona que la observara.

Con frecuencia, al superar ese año muerto, la gente vuelve al trabajo y se gana la vida. Aparentemente han abandonado la escritura, pero no, se han demostrado algo a sí mismo. Ahora no abandonarán la escritura aunque tengan que pagar la hipoteca, ir a las reuniones del colegio de los niños, hacer la compra. La escritura es suya. La han hecho suya. En eso hay un poder personal y nadie se los puede quitar.

librodenatalieNatalie Goldberg inició hace unos años su particular cruzada contra la pereza. No es contra la pereza-pecado capital, no; sino contra esa pereza que se instala en el corazón mismo de muchos escritores y los convierte en un escritor no-escribiente, ese fantasma que recorre el mundo. En su libro El gozo de escribir, la escritora norteamericana ya enseñaba que la escritura no era una forma más de martirio y que la mejor manera de conciliarse con ella –y de camino con nosotros mismos– consistía en escribir, escribir y escribir. Después, cuando hayamos terminado ya pasearemos al perro, nos haremos un bocadillo o llamaremos a nuestra tía que hace tanto tiempo que no la llamamos.

Ahora más convencida de la verdad de su método Natalie Goldberg vuelve al mercado literario en español con “La escritura, una terapia creativa.” Este libro no sólo está dirigido a los que quieren ser escritores, sino que abre una nueva dimensión, la dimensión terapéutica de su método, porque escribir, según ella, hace que nos comprendamos y aceptemos mejor a nosotros mismos.

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