Escribir la vida


No es que uno escriba acerca de la vida nada más. Uno escribe dentro de ella, encima y debajo de ella. Hecho de ella. Desafiado y contenido, exaltado e inhibido, expuesto y agraviado por ella. Fascinado, iracundo, indiferente con ella. Y rodeado de ella. A veces intimidado, alienado, acorralado o incluso abandonado por ella.

¿Y la vida?

La vida, irremediablemente, se nos cuela al escribir.

La vida, irremediablemente, se nos cuela al escribir. Podemos relatar algo que consideramos ajeno. O algo imaginario. O deliberadamente absurdo. Podemos intentar poner cualquier abismo entre la vida y la propia obra pero, aún así , nuestra obra estará rebosante de nuestra vida. No me refiero a los hechos que vivimos: No es a través de anécdotas o episodios autobiográficos que convertimos la vida en obra. Tampoco me refiero al estilo personal de escribir como delator de las secuelas idiosincráticas y cicatrices que vamos acumulando.

¿Cómo es, entonces, que la vida se nos convierte en obra? Ese recipiente espaciotemporal que nos aloja, ese omnisciente testigo participativo que propone y a menudo impone, ese complejo entramado de circunstancias al que intentamos dar sentido —la vida— es una criatura mutante que al irse tranasformando nos cambia, irreversiblemente, a nosotros también. Y poco importan, en sí mismos, los eventos que presenciamos o protagonizamos. Importa muchísimo más, la experiencia interior que tenemos al vivirlos. Puede que el recuerdo de esa experiencia interior —más que el propio evento— permanezca con nosotros muchos años; o puede que nuestra memoria lo traspapele o extravíe del todo. No es un asunto de memoria, sino de modificación de perspectivas: Poquísimo cambia el mundo tras una tarde de lluvia; una persona, en cambio, puede transformarse profundamente según lo que viva esa tarde.

La vida, entonces, se convierte en obra, a través de nuestra forma de irnos apropiando (consciente e insconscientemente) de cada experiencia vivida. Al cambiar yo, cambiarán también, sin duda, las historias que elija contar, sus personajes y las realidades en que ellos existan, así como mi forma de retratar a unos y otras. Toda expresión artística es, entonces, un eco (no un reflejo) del cambiante universo interior del artista. En el caso del escritor, esto se cumple en forma más explícita. Nos relacionamos con el universo exterior, momento a momento, a través de procesos de significación que hemos construido (lingüísticamente, ni más ni menos) a lo largo de la vida.

Pero basta de palabrería. Si lees esto y amas escribir, ¿qué puedes hacer para que tu obra se enriquezca y evolucione? Opino que vivir. Mucho. Tanto como puedas.

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