Imaginación, lenguaje y realidad


¿Cómo podemos ser más creativos? ¿Es posible que la fantasía nos ayude a mirar de una forma más completa la realidad? ¿Cómo interviene en ello el lenguaje? El maestro Gianni Rodari lo expone en los siguientes fragmentos tomados de su obra “Gramática de la fantasía”.

“La fantasía no está en oposición a la realidad, es un instrumento para conocer la realidad, es un instrumento que hay que dominar. La imaginación sirve para hacer hipótesis y también el científico necesita hacer hipótesis, también el matemático lo necesita y hace demostraciones por absurdo. La fantasía sirve para explorar la realidad, por ejemplo para explorar el lenguaje, para explorar todas las posibilidades para ver qué resulta cuando se oponen las palabras entre sí.”

“La lengua (…) no es una materia separada de las demás que tenga límites bien precisos: aquí está la lengua y aquí está la geografía (…) Sin lengua no hay geografía, sin lengua no hay ciencia, sin la lengua no existe ninguna de aquellas que nosotros distinguimos, clasificamos y llamamos materias. La lengua es el aire en el cual viven estas así llamadas materias. No puedo hacer historia sin la lengua, no puedo hacer filosofía sin la lengua, no puedo hacer políticia sin la lengua, no puedo vivir sin la lengua. Nosotros estamos dentro de la lengua como el pez está dentro del agua, no como un nadador. El nadador puede tirarse un clavado y salir, pero el pez no, el pez tiene que estar adentro.

“Se puede contemplar el mundo a la altura del hombre, pero también desde lo alto de una nube (con los aviones es fácil). Se puede entrar en la realidad por la puerta principal o escurrirse en ella —es más divertido— por una ventanita.”

“Por medio de las historias y de los procedimientos fantásticos que las producen, nosotros ayudamos a los niños a entrar en la realidad por la ventana, en vez de hacerlo por la puerta. Es más divertido y por lo tanto más útil.”

Una manera de hacer productivas las palabras, en sentido fantástico, es deformándolas. Lo hacen los niños para divertirse: es un juego que tiene un contenido muy serio porque les ayuda a explorar las posibilidades de las palabras, a dominarlas, forzándolas a declinaciones inéditas; estimula su libertad de ‘hablantes’, con derecho a su personal parole (¡gracias, señor Saussure!); anima en ellos el anticonformismo.”

“¿Por qué a los niños les gustan tanto las adivinanzas? A primer golpe de vista, diría, que es porque representan de forma concentrada, casi emblemática, su experiencia de conquista de la realidad. Para un niño el mundo está lleno de objetos misteriosos, de acontecimientos incomprensibles, de figuras indescifrables. Su misma presencia en el mundo es un misterio que resolver, una adivinanza que descifrar, dándole vueltas, con preguntas directas o indirectas. El conocimiento llega, con frecuencia, en forma de sorpresa. De aquí el placer de probar de forma desinteresada, por juego, o casi por entrenamiento, la emoción de la búsqueda y de la sorpresa.”

“La madre que fingía meterse la cucharita por la oreja aplicaba, sin saberlo, uno de los principios esenciales de la creación artística: ‘extrañaba’ la cucharita del mundo de las cosas triviales para atribuirle un nuevo significado. Lo mismo hace el niño cuando usa una silla como tren, o cuando hace navegar un cochecito en la bañera a falta de otro tipo de embarcación, o asigna un papel de aeroplano a un oso de peluche. Precisamente así, Andersen, de una aguja o de un dedal, hacía un personaje de aventuras.”

“Estoy convencido de que el niño empieza bastante pronto a intuir esta relación entre el ser y el no ser. Alguna vez lo podrán sorprender mientras baja los párpados para hacer desaparecer las cosas, los reabre para verlas reaparecer, y repite pacientemente el ejercicio. El filósofo que se pregunta sobre el Ser y la Nada, con mayúsculas, como corresponde a estos respetables y profundos conceptos, en sustancia no hace sino retomar, a alto nivel, aquel juego infantil.”

“La mesa y la silla, que para nosotros son objetos gastados y casi invisibles, de los que nos servimos automáticamente, para el niño son materiales de exploración ambigua y pluridimensional, en la que se dan la mano conocimiento y fabulación, experiencia y simbolización. Mientras aprende a conocer su superficie, el niño no cesa de jugar con ellos, de formular hipótesis respecto a ellos. Hace un continuo uso fantástico de los datos positivos que almacena. Así incorpora a su saber la noción de que abriendo la canilla corre el agua: pero esto no le impide creer, por ejemplo, que ‘por otra parte’ hay un ‘señor’ que echa el agua en la cañería para que pueda salir por la canilla.

El ‘principio de contradicción’ le es desconocido. Es científico, pero también ‘animista’ (‘¡la mesa mala!’) y ‘artificialista’ (‘hay un señor que echa agua en la cañería’). Estas características conviven en él durante un buen número de años, en proporciones distintas en cada niño.

De la constatación nace la pregunta: ¿hacemos bien contándole historias en las que los protagonistas son los objetos de la casa, o arriesgamos a excitar aún más su animismo y artificialismo, en perjuicio de su espíritu científico?

Refiero la pregunta más por escrúpulo que por preocupación. Jugar con las cosas sirve para conocerlas mejor. Y no veo la utilidad de poner límites a la libertad del juego, que sería como negarle la función formativa y cognoscitiva. La fantasía no es un ‘lobo malo’ del que haya que tener miedo, o un delito a perseguir permanentemente con puntilloso patrullamiento. Me tocará a mí, cada vez, comprender si el niño en un determinado momento de su interés por las cosas desea ‘informaciones sobre la canilla’ o quiere ‘jugar con la canilla’ para extraer a su modo de todo ello las noticias que le sirven.”

“Inventar historias con los juguetes es casi natural, es algo que se produce por sí solo cuando se juega con los niños: la historia no es otra cosa que una prolongación, un desarrollo, una explosión festiva del juguete. Lo saben todos los padres que encuentran tiempo para jugar con sus hijos a las muñecas, a las construcciones, a los autitos: una actividad que de algún modo debería ser declarada obligatoria (y posible, naturalmente).

“Al juzgar los textos infantiles, desgraciadamente, la escuela dirige especialmente su atención al nivel ortográfico-gramatical-sintáctico, que no llega ni siquiera al nivel propiamente lingüístico, además de olvidar completamente el complejo mundo de los contenidos. La cuestión es que en la escuela se leen los textos para juzgarlos y clasificarlos, no para comprenderlos. El cedazo de la ‘corrección’ retiene y revaloriza las piedritas, dejando pasar el oro…”

La función creadora de la imaginación pertenece al hombre común, al científico, al técnico; es tan necesaria para los descubrimientos científicos como para el nacimiento de la obra de arte; es incluso condición necesaria de la vida cotidiana…” “La mente es una. Su creatividad se ha de cultivar en todas las direcciones. Las fábulas (escuchadas o inventadas) no son ‘todo’ lo que sirve al niño. El uso libre de todas las posibilidades de la lengua no representa más que una de las direcciones en que puede expandirse. Pero ‘tout se tient’, como dicen los franceses. La imaginación del niño, estimulada para inventar palabras, aplicará sus instrumentos sobre todos los aspectos de su experiencia que desafíen su intervención creativa. Las fábulas sirven a la matemática, como la matemática sirve a las fábulas. Sirve a la poesía, a la música, a la utopía, al compromiso político: en definitiva, al hombre en su conjunto y no sólo al fantasioso. Sirven precisamente porque, en apariencia, no sirven para nada: como la poesía y la música, como el teatro y el deporte (mientras no se conviertan en negocio).

Sirven al hombre completo. Si una sociedad basada en el mito de la productividad (y sobre la realidad del beneficio) sólo tiene necesidad de hombres mutilados —fieles ejecutores, diligentes reproductores, dóciles instrumentos sin voluntad— quiere decir que está mal hecha y que es necesario cambiarla. Para cambiarla, son necesarios hombres creativos, que sepan utilizar su imaginación.

Incluso esta sociedad busca hombres creativos, para sus fines. Cropley escribe cándidamente en su libro La creatividad, que el estudio del pensamiento divergente se sitúa en el cuadro de la ‘utilización máxima de todos los recursos intelectuales de los pueblos’, y es esencial ‘para mantener las propias posiciones en el mundo’. Muchas gracias: ‘se buscan personas creativas’ para que el mundo siga siendo como es. No señor: desarrollemos la creatividad de todos, en cambio, para transformar el mundo.”

“’Creatividad’ es sinónimo de pensamiento divergente, o sea, capaz de romper continuamente los esquemas de la experiencia. Es ‘creativa’ una mente que trabaja siempre, siempre dispuesta a hacer preguntas, a descubrir problemas donde los demás encuentran respuestas satisfactorias, que se encuentra a sus anchas en las situaciones fluidas donde otros sólo husmean peligro; capaz de juicios autónomos e independientes (incluso del padre, del profesor y de la sociedad), que rechaza lo codificado, que maneja objetos y conceptos sin dejarse inhibir por los conformismos.”

3 Comments on “Imaginación, lenguaje y realidad

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  2. Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos. G.K. Chesterton

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