¿Y usted, por qué escribe?


Por Juan Gabriel Vásquez

Entre las que recibe un escritor en el curso de una entrevista, hay sólo una que es absurda, a pesar de que parezca la más pertinente de todas: y usted, ¿por qué escribe? La pregunta parece pertinente porque el acto de escribir —ficción, se entiende— no es normal: no es normal dedicar ocho horas al día, más o menos, a imaginar en completa soledad las vidas de gente que nunca ha existido; no es normal dedicar seis años, como Tolstoi, o diecisiete, como Joyce, a contar un cuento. Y la pregunta es absurda porque hay un rasgo esencial que distingue a los novelistas (o poetas, o dramaturgos, o cuentistas) del resto de los usuarios del idioma: y es que nadie, o casi nadie, tiene realmente claro por qué hace lo que hace.

Por supuesto que todos se cargan de razones, todos hacen malabares más o menos sofisticados para encontrarle una justificación a esta actividad injustificable. William Gass, a quien estoy traduciendo por estos días, dice: “Escribo porque odio”. García Márquez famosamente dice: “Escribo para que mis amigos me quieran más”. Pero lo cierto es que muy pocos novelistas comienzan a escribir en la edad adulta, muy pocos deciden a los veinte o treinta años sentarse a contar una historia sin haberlo hecho de niños, y los niños, ya se sabe, no suelen preocuparse demasiado por justificar sus intereses. Es más o menos lo que decía Jean Cocteau: “Sé que la poesía es indispensable, pero no podría decir para qué”.

Estaba yo pensando en esto cuando me encontré, hace poco, con la entrevista que le dio Paul Auster a la Paris Review en 2003. Está hablando de los lectores que se vuelven escritores: “Un verdadero lector sabe que los libros son un mundo en sí mismo, y que ese mundo es más rico y más interesante que cualquiera que hayamos visitado con anterioridad. Creo que eso es lo que convierte a un joven en escritor: la felicidad que se descubre viviendo en los libros. Uno no ha vivido lo suficiente para tener gran cosa que contar, pero llega el momento en que se da cuenta de que nació para hacer esto”. Me gusta esta última línea: el futuro escritor no escribe porque tenga un tema, pues pocos tienen temas a la edad en que comienzan a escribir. La idea me parece más justa, pero sobre todo más sugestiva, que esa vieja y cansada banalidad de escribir para expresarse, esa idea más propia del Querido Diario de un adolescente o de un libro de Paulo Coelho (muchas veces superado en interés y honestidad por el Querido Diario de un adolescente: pero éste es otro problema).

En ese librito maravilloso que es Leer y escribir, Naipaul cuenta que tenía once años cuando sintió por primera vez el deseo de ser escritor, pero que durante mucho tiempo esa ambición fue una especie de farsa: Naipaul acumulaba plumas finas y cuadernos bonitos, pero no escribía nada, porque no tenía nada que escribir. La ambición de ser escritor le llegó muchos años antes de encontrar sus historias. La obsesión vino antes que el tema. Escribir como actividad gratuita, irracional; escribir como fin, no como medio. Escribir porque uno no sabe hacer otra cosa y, peor aún, porque a uno no le interesa saber hacer otra cosa. Escribir, en fin, como manera de estar en el mundo.

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