Escribir poesía


Por: Hugo Hiriart en su libro: Cómo leer y escribir poesía

La manera de aprender a escribir poesía es escribiendo poesía. De modo que pasamos directamente de la aspiración de hacer algo a la actividad misma, lo que nos vuelve vulnerables al principio porque, visto en cierto modo, no tenemos derecho a escribir poemas en esta etapa.

Pero desafortunadamente no tenemos más opción que darle la vuelta. Esa peculiaridad hace que la actividad de escribir poesía sea a la vez más sencilla y más difícil que otras actividades. Sencilla porque está de inmediato a tu alcance, como una pelota, para jugar con ella. Y difícil porque tienes que inventar el juego y decidir quién gana y quién pierde.

Puedes verlo así, es una manera entre otras: el juego consiste en ligar las palabras, emociones y cierta curiosidad en un solo ente verbal.

Supongamos que quieres escribir dos versos sobre la ostra. Empecemos con el anticuado “Oh” exclamativo de los poetas:

¡Oh, ostra!

Aquí ya hay cierta emoción, no se trata de una simple mención sino de cierta maenra de aislar y considerar con atención a la ostra. Y sobre todo, ese “Oh” te permite dirigirte a ella, hablarle. ¡Oh, Ostra! ¿Qué? Aquí le pedimos prestada una metáfora a un antiguo poeta griego que dijo que la perla era:

Hija de las bodas del mar y de la piedra.

No te preocupes, está permitido , es muy común_y más al comienzo_; si no tienes capital poético (todavía) pídelo prestado. De otro modo no puedes desarrollar tu empresa. Todos los poetas lo han hecho en el arranque (y con frecuencia también después). Y queda,entonces, lo siguiente:

¡Oh, ostra! Hija de las bodas
del mar y de la piedra,
hija única y deshuesada,
ola detenida en viva gelatina.

Los dos versos que añadimos son resultado de la activa curiosidad acerca de cómo es la otra. Ahora hay cerrar el poema. En esos cuatro versos hemos planteado algo y tenemos que rematar. Es hora además de ejercer el derecho que adquirimos de hablar de la ostra. Sería incoherente solicitar el derecho a algo, y luego, sin motivo, no ejercerlo. Así que hablémosle a la ostra:

Qué sabia es tu asentada
ambición de sólo permanecer.

No, no, no. El remate es débil. No cierra bien, no es sonoro y conclusivo. Más bien el poema agoniza y finaliza como un conejo que muere de viejo en el bosque. Pero hay que pasar en limpio y modificar el final, para verlo desde lejos. Entonces quedaría algo como:

¡Oh ostra!, de las bodas hija
del mar y de la piedra.
deshuesada hija única;
ola en viva gelatina, detenida,
¿qué amor guía tu voluntad
de sólo permanecer?

Cambié algunas cosas de los primeros versos para volverlos más melodiosos y expresivos (…) Entonces, ¿son buenos, malos o mediocres estos versos?¿Tienen mérito? No, no preguntes eso ahora. No te hagas crítico antes de hacerte inventivo y creador. Basta con saber que donde ahora no había nada, la página en blanco, ahora hay algo: un artefacto verbal sobre la humilde ostra. Y el mundo se ha enriquecido un poquito con él.

Después, después, cuando hayas inventado muchas artefactos verbales, ellos van a mostrarte algo de ti, de cómo eres tú. Y con eso basta, que tus versos te reflejen, sean auténticos, genuinos, tuyos. Más, no puedes hacer ni saber. Todo lo demás, el mérito, el valor estético, no depende de ti ni te corresponde juzgarlo. Así que mejor no te importe mucho, ni poco.

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