Ser un animal


Por: Natalie Goldberg

Aunque no escribamos, seguimos siendo escritores. No es algo que podamos sacudirnos de encima. Caminemos como lo haría un animal. Hagamos que todo lo que nos rodea se convierta en una presa. Utilicemos los sentidos como lo haría un animal. Observemos un gato que ve algo moverse por la habitación. Está perfectamente inmóvil, y al mismo tiempo todos sus sentidos están alerta: mira, escucha, olfatea. Así es como tendríamos que actuar cuando caminamos por la calle. La mente del gato no está pensando en el dinero, del que tiene tanta necesidad, ni en las personas a quienes enviar una postal cuando vaya a Florencia: el gato está absorto en contemplar el ratón, o la pelotita que rueda por el suelo, o la luz reflejada por el cristal. Su ser entero está preparado para saltar. Evidentemente no es necesario que nos pongamos a cuatro patas y agitemos nerviosamente la cola. Basta  con la imnovilidad por lo menos de una parte de nosotros y ser conscientes de dónde estamos, sea lo que sea que estemos haciendo.

Una vez hice un viaje a Europa con una amiga que tenía la fobia de perderse. Nunca había aprendido a leer un mapa, a orientarse a base de simples puntos de referencia, por ejemplo: “Ayer estábamos en esta plaza. Allá, del otro lado de la calle está el hotel Savoy, donde hemos comprado las entradas para el concierto, por lo tanto tenemos que girar aquí”. Puesto que tenía miedo, había perdido todo contacto con su propio buen sentido, o sea, con los sentidos que la naturaleza nos ha dado y  con los que contamos para nuestra supervivencia. Con aquella parte de nosotros que es capaz de ser consciente y que siempre está alerta. Katagiri Roshi dice: ¡Tú ya eres Buda! Pero cuando estamos atareados y asustados, como el caso de mi amiga, nos olvidamos de ello. Puesto que tenía miedo de perderse, se perdía.

Como escritores tenemos que movernos por el mundo manteniendo contacto con esa parte de nosotros mismos que siempre está pendiente y alerta. Con aquel sentido animal que mira, ve y se da cuenta de los letreros de señalización, las esquinas, las bocas de incendios, los kioscos.

Además, antes de ponernos a escribir, convertirnos en animales es una estupenda preparación. Movámonos lentamente, apostémonos en espera de la presa, que en nuestro caso es aquello de lo que queremos escribir; sea lo que sea que hagamos en aquel momento: estemos sacando la basura, yendo a la biblioteca, regando el jardín. Estemos alertas con todos los sentidos. Apaguemos nuestra parte racional: estemos vacíos, sin pensamientos. Dejemos que las palabras salgan del estómago y absorbamos nuestros pensamientos, para que alimenten el cuerpo. Tenemos que ser pacientes y equilibrados, dejar que la escritura se filtre a través del nivel de las formas del pensamiento, hasta penetrar en el subconsciente y correr por nuestras venas.

Y luego, cuando por fin saltamos, digamos que a las diez de la mañana, que es la hora en que nos hemos propuesto empezar a escribir, añadamos a todo esto la presión de escribir durante un tiempo determinado de antemano. Escribamos durante una hora, o durante veinte minutos, como prefiramos, pero escribamos desde el primero hasta el último instante. Tengamos la mano en movimiento, echémoslo todo fuera, de las venas a la pluma, de la pluma al papel. No nos paremos. No nos entretengamos. No nos perdamos en fantasías. Escribamos hasta que nos hayamos vaciado.

Pero no debemos preocuparnos. Esta no es la única ocasión. Si no hemos atrapado al ratón hoy, lo atraparemos mañana. No es posible dejar de ser lo que somos. Si somos escritores cuando escribimos, seguiremos siéndolo también cocinando, durmiendo o paseando. Si somos madres, pintores, caballos, jirafas, o carpinteros, lo seremos también en lo que escribimos. Lo que somos nos acompaña siempre. No nos podemos divorciar de una parte de nosotros mismos.

Lo mejor es llegar a escribir con nuestra totalidad, con todo lo que es parte de nosotros. Y cuando hemos terminado de escribir, lo mejor es salir a la calle con todo lo que somos, incluido nuestro buen sentido, nuestra naturaleza de Buda: con un centro que nos diga el nombre de las calles, de forma que no nos perdamos. Con algo que nos diga que al día siguiente volveremos a escribir  y que durante las horas que nos separan de ese momento seguiremos siendo escritores, animales que dan vueltas por las calles en busca de su presa.

2 Comments on “Ser un animal

  1. nuevo aqui… me gustó leer esto gracias!!

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