Taller de escritura cronometrada: Primera Semana


Primer día: Tema: escribir

Lectura: ¿Por qué escribo?
Por Daniel Cassany en su libro:La cocina de la escritura

Confieso que me gusta escribir y que me la paso bien escribiendo. Me resisto a creer que nací con este don especial, al contrario, me gusta creer que he aprendido a usar la escritura y a divertirme escribiendo; que yo mismo he configurado mis gustos. La letra impresa ha sido un compañero de viaje que me ha seguido en circunstancias muy distintas. Poco a poco he cultivado mi sensibilidad escrita, desde que llevaba pañales, cuando veía a mis padres y hermanos jugando con las letras, hasta la actualidad.

Cuando era adolescente escribía poemas y cuentos para analizar mis sentimientos, sobre todo en momentos delicados. En la escuela y la universidad me harté de tomar apuntes, resumir y anotar lo que tenía que retener para repasar más tarde; también escribí para aprender (reseñas, comentarios, trabajos) y para demostrar que sabía (exámenes). Todavía hoy, cuando tengo que entender un texto o una tesis complejos, hago un esquema o un resumen escritos.

También escribí por trabajo: exámenes, informes, proyectos, artículos, cartas. Incluso en una ocasión recuerdo que aproveché la escritura con finalidades terapéuticas. Era muy joven e impartía mi primer curso de redacción en una empresa privada. Mis alumnos no sólo eran bastante mayores que yo, sino que había algunos que trabajaban en la empresa desde antes de que yo naciera. Me sentía tan inseguro que casi me daba miedo entrar en el aula cada día. Proyectaba en el papel todo tipo de frustraciones, dudas e inseguridades. Era como si tomara una aspirina: recobraba fuerza y confianza para volver a clase al día siguiente.

Creo que cada persona puede cultivar su afición por la escritura de una manera parecida. Sólo se trata de descubrir  los indiscutibles beneficios personales que puede ofrecernos esta tarea. Un día te pones a escribir sin que nadie te lo ordene y entonces descubres su encanto. Vuelves a hacerlo y poco a poco, la escritura se revela como una gran amiga. Como una excelente y útil compañera de viaje. Te conviertes en un/a escritor/a, —¡Ojo!, en minúscula, si hace falta.

Post complementario: ¿Es difícil empezar?

Consigna
Primeros cinco minutos: Quiero escribir sobre…
Siguientes cinco minutos: Pero no quiero escribir sobre…

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Segundo día. Tema: percepción

Ejercicio: Haz una lista de diez objetos o situaciones que estén al alcance de tu vista.
Lectura de Natalie Golberg en La escritura una terapia creativa.

Levanto la vista del cuaderno. En la mesa de enfrente hay dos mujeres, Las dos beben un licor verde fuerte. No, verde fuerte no, es esmeralda con hielo. Son jóvenes, están en la treintena. La de pelo rubio lleva grandes pendientes de aro, y tiene un abrigo de piel oscura echado sobre su asiento. Miro su mesita. Hay una bandeja redonda de plata con taza y un platillo blanco, dos terrones de azúcar, una tetera blanca con té de Ceilán haciéndose y una jarrita blanca con agua caliente para diluir el té. Miro el espacio entre la jarrita y la tetera y mi mente recuerda un gran boulevard de Norfolk, Nebraska. Allí es verano y un hombre de unos veinte años vive en los apartamentos de arriba. Le partí el corazón. Yo no quería, fue hace años. Su forma de amar era dulce, tierna y sencilla. Entonces no creía en el amor, mi matrimonio acababa de romperse. Recuerdo a Kevin sentado a la mesa de su cocina, se ha quitado las gafas, viste una camisa de nylon de amarillo. En aquél entonces tuve un sueño en el que buscaba pastillas de limón en el pasillo de un establecimiento. . En el pasillo siguiente estaba Kevin y en el siguiente estaba París. Conocí Paris y desperté contenta.
Consigna
Primeros cinco minutos: Estoy mirando…
Siguientes cinco minutos: Pero no estoy mirando…

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Tercer día. Tema: sueños

1. Nada es imposible en los sueños
2. Los sueños no tienen requisitos, por supuesto, no tienen que tener lógica.
3. Puedo soñar que sueño lo que quiera soñar, el sueño es el lugar ideal para la fantasía.

Ejercicio: Anota cinco sueños que hayas tenido en el último año, si no recuerdas sueños recientes, anota los que hayas recordado a lo largo de tu vida.

Consigna
Primeros cinco minutos: Ahora mismo sueño….
Siguientes cinco minutos: Pero quiero soñar que yo….
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Cuarto día. Tema: el hogar

Lectura:
Después de tantos cambios de domicilio ¿A dónde puedo invitarte a pasar?  ¿Un patio con oscuridad de charco y humedad de ranas? ,  ¿Una habitación luminosa en donde se escuchen las risas de tres hermanas que además son amigas? ¿Una hoja en blanco y una caja de colores de esas que tienen una Blanca Nieves estampada de un lado y una bruja amarilla del otro? ¿Una capilla de pueblo que huela escandalosamente a nardos? ¿Una tela de algodón con la que se puede vestir muñecas, hacer cortinas nuevas o sacar cuatro trapos de cocina? ¿Es una lata de galletas que cruje al abrirse dándome la bienvenida?

Estoy en un cuaderno que no quiero dejar volar, en la lluvia que no me quiere dejar salir, que me invita a recogerme dentro de mis sábanas.  Este  es un lugar para dejarte entrar, y para dejarte ir. Un lugar para no cambiar por otro y para cambiarlo de lugar como si tuviera ruedas. Un espacio para guardarme mi bondad en un cajón cerrado a los reclamos. Una propiedad privada, como puedes ver, y con la puerta abierta.

Consigna
Primeros cinco minutos: Mi casa es…
Siguientes cinco minutos: Mi casa no es…
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Quinto día. Tema: lo que en verdad quiero decir

Lectura: La puntuación, la sintaxis y el amor
Siempre que pongo un punto y coma sonrío. Me acuerdo de un amigo de mi hermano, a quien yo amaba como loca en mi adolescencia, que dijo una vez que un verdadero escritor se reconoce porque sabe usar el punto y coma. Por supuesto comencé a usar frenéticamente el punto y coma, aunque él nunca se dio cuenta de mi pericia puntuadora. Luego, en el colegio, escribía parodias de los poemas que estudiábamos en la clase de Literatura y las pegaba en la cartelera del salón, sólo para ver reír al chico del fondo que me gustaba y que no me hacía el menor caso, excepto cuando leía aquellas burlas gracias a las cuales yo existía un poquito para él. Me enamoré después de un hippie. En consecuencia, un ejército de gnomos, hadas y plagiados cronopios tomó por asalto mis cuadernos, que por fortuna hice desaparecer de la faz de la Tierra. Mi primer novio leía a Nietzsche: en aquel tiempo escribí herméticamente versos oscuros sobre simbólicas tarántulas que hoy día no consigo entender (y creo que en aquel momento tampoco). El siguiente fue un poeta para quien el punto y coma era tan feo e inelegante como una factura de la luz, los dos puntos un recurso vulgar destinado a un recetario de cocina y los paréntesis una trampa que esconde la incapacidad expresiva del escritor. Así que punto y coma, dos puntos y paréntesis quedaron proscritos de mi escritura durante un par de años. Sólo después de mucho esfuerzo los logré reincorporar. Algunos de los hombres que me gustaron no eran lectores y simplifiqué mis textos; otros eran intelectuales y entonces los academicé, llenándolos de citas de Heidegger y Schopenhauer que tomaba prestadas de mi agenda. Una vez me enamoré de uno que amaba las oraciones cortas y las sentencias desadjetivadas; poco después me enamoré de otro que prefería el barroquismo y las descripciones delirantes: salté de Carver a Carpentier como quien cruza la calle. Después tuve un novio fanático de Rimbaud y de Baudelaire y yo me puse por tanto agresiva y negativa. Luego vino un chico que odiaba el “sándwich literario”, que es cuando se coloca un sustantivo entre dos adjetivos (por ejemplo, la “enigmática casa antigua”). Ergo, me volví implacable con los adjetivos, cacé sándwichs y acabé con todos ellos. El siguiente se la tenía jurada a los adverbios. Decía que son un bastón para apoyar a un verbo que no tiene suficiente fuerza. Saqué adverbios y usé sólo verbos autoválidos. Y otro abogaba por la eliminación de la palabra “como”. La luna es un queso, no como un queso. El “como” ensucia la metáfora, decía, porque la transforma en una anodina comparación. Busqué entonces todos los “como” de mis archivos con Find and Replace y los borré de un manotón en el teclado. Luego mi ex esposo se reveló como un gran admirador de Kundera y elogió las metáforas que “caen como un rayo iluminador sobre una escena”. Intenté por ende, y durante años, imitar el rayo iluminador de Kundera. Pero ninguno de ellos se enteró jamás, lógicamente, de todo esto que se cocía entre la palabra y yo.
Desde que puedo recordar, la escritura ha sido mi forma más inadvertida, menos eficaz y peor orientada de coquetear.

Consigna
Diez minutos sin interrupciones con la frase: Lo que en verdad quiero decir…

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