¿Por qué el hábito de escribir?


Desde que dejé el café no deja de llamarme para quedar conmigo, pero yo he encontrado ya un nuevo amante matutino que me despierta para hacer lo que más me gusta, o casi lo que más me gusta, que es escribir: el té verde. Después de una taza  y media puedo enfocarme y redactar más o menos tres páginas de escritura a mano. Después de tantos años de escribir me vuelve a pasar lo del día de hoy: estaba atascada. Sabía que quería escribir, tenía en mente dos temas o tres incluso en los que podía explayarme, pero a la hora empecé a divagar y hasta llegué a pensar que tal vez era una de esas mañanas que resultan más fructíferas leyendo. ¡Trampa! No caí en ella. Puse el cuenta atrás del teléfono, diez minutos, y empecé a escribir pero algo me interrumpió, creo que fueron las ganas de ir al baño. Bueno, no sería un texto cronometrado, pero igualmente seguí intentándolo y escribí  y escribí hasta darme cuenta, sorprendida, que estaba al final de la tercera página y que podía seguir así, fluyendo, un buen rato más.

Los hábitos son los mejores amigos de un escritor; afirma  Donald H. Murray, quien nos comparte los que él considera más importantes en la práctica de la escritura:

Vivo rodeado de vecinos y amigos que quisieran escribir, que saben más que yo, que tienen más cosas que decir que las que yo tengo, que poseen más talento que el mío pero que no tienen hábitos de escritor.

Buscando cómo podría ayudarlos a convertirse en escritores hace poco me hallé pasando revista a los hábitos que a mí me ayudaron a publicar. No he nacido con esos hábitos, los he ido adquiriendo a lo largo de los años y por razones prácticas más que estéticas; al fin y al cabo un niño necesita zapatos para poder caminar.

Supongo que me gusta ser famoso, pero, escribo para ganarme la vida. A lo largo de los años he ido descubriendo el placer del oficio. Disfruto las horas que paso a solas en mi escritorio, disfruto cuando me sorprendo con las palabras que salen de mi computadora. Pero, para llegar a este gozo he tenido que desarrollar ciertos hábitos.

Los siguientes son algunos de ellos, hábitos esenciales para un narrador.

Hábito de la conciencia

Nunca estoy aburrido porque permanentemente voy observando mi mundo, revisando desde el rabillo del ojo cada detalle revelador, oyendo lo que no se dice, metiéndome bajo la piel de los demás.

Desde mi ventana observo el bosque iluminado por el claro de luna y los árboles que parecen moverse solos; tengo un poema. Oigo lo que alguien cuenta mientras visita a un enfermo; tengo un artículo. Recuerdo mi infancia al saborear un plato de puré; tengo un ensayo sobre los alimentos. Escucho un concierto de Mozart para piano y orquesta que solía oír mientras me recuperaba de un accidente, y tengo otro artículo.

Algunas de las percepciones de mi vista, mis oídos, mi tacto o mi olfato pasan a mi libreta, pero son muchas más las que quedan en mi memoria. Practicando el hábito de mantenerme consciente conservo más de lo que sé, y me sorprende el inventario de lo que he archivado, cuando eso aparece en mis páginas.

Hábito de encontrar relaciones

Mi esposa piensa que mi más preciado don como escritor es mi hábito de encontrar relaciones inesperadas. Un escritor es el que ve lo universal en lo particular, capta en una anécdota toda una vida. Atesora las metáforas. Como ha dicho el poeta norteamericano Robert Frost: Poesía es metáfora, decir una cosa y referirse a otra, hablar de algo en términos de algo distinto.

Observo un cuadro, leo lo que el artista dice sobre su creación y lo relaciono con una técnica esencial para la escritura eficaz; observo las relaciones entre el modo en que juega un niño y el modo en que un país provoca una guerra.

Por lo común se me presentan bajo la forma que yo llamo una línea, más de una palabra pero menos que una oración. Una línea contiene una tensión esencial que se libera cuando la desarrollo en el texto escrito. Cuando consigo esos fragmentos de mensaje sé que tengo algo sobre qué escribir. 

Hábito de procesar

La parte más importante de mi trabajo pueden ser las horas que paso lejos de mi escritorio, veinte horas o más. En cuando me separo de mi escritorio empiezo a reflexionar sobre lo que voy a escribir mañana. Siempre voy procesando lo que voy a escribir luego.

Camino calle abajo, y soy Melissa enfrentándose a Ian en una cocina de New Hampshire. Los veo y los escucho.

Mientras espero el bus juego con la terminología extraña, quizá irónica, de los negociantes: redimir, crédito, devengados; y me doy cuenta de que estoy elaborando un artículo. Siempre estoy dentro y fuera del mundo, procesando lo que mañana escribiré

Hábito de hacer borrones

borrones

Nulla dies sine linea. Ni un día sin una línea…

Cada mañana yo…

Yo hago borradores…

Escribo borradores…

Aquellos que no escriben esperan hasta que lo que quieren decir esté claro en sus mentes. Note bien que he dicho, los que no escriben; los escritores siguen el consejo de André Gide: “A veces espero que la oración acabe de formarse en mi mente antes de sacarla. Mejor es cogerla por el lado que primero muestre, pies o cabeza; aun si no sabemos qué sigue, pujar, el resto tiene que salir”.

Como periodista que soy trato de escribir la primera oración que me venga, porque esa es la que contiene la voz, el tema, mi punto de vista, la forma, la semilla a partir de la cual el texto germinará; pero lo hago en borrador, esbozando el lado que primero muestre, como hice al empezar este párrafo, hasta dar con algo que pueda seguir.

Hábito de la soltura

Vivo rodeado de escritores, y me aburren con sus lamentos, sus gruñidos y quejas sobre cuán difícil es escribir. Y me doy cuenta de que soy el primero de los quejosos. Si realmente me siento mal —me digo— debería conseguirme un oficio más agradable, embalsamador o vendedor quizá.

El hecho es que tengo que escribir, necesito escribir, amo escribir: lo confieso. En los últimos años me he esforzado por escribir con más soltura. Analizo las condiciones en las que puedo escribir con mayor fluidez: qué máquina prefiero usar, la música que me ayuda a concentrarme, los libros que necesito a la mano para consultas, los amigos a quienes recurro más a menudo en busca de consejo, o para leerles un borrador.

Empiezo a tiempo, antes de que me ganen los plazos, y cuando la redacción no fluye la dejo, y regreso una y otra vez, hasta que salga. Contrariamente a lo que afirman los doctos, que la escritura trabajosa produce textos más fáciles de leer, en mí la escritura fácil es la que produce lecturas agradables.

 Hábito de revisar

También tengo el hábito de revisar; pero yo no trato de corregir los errores, sino de descubrir lo más intenso que hay en el borrador y potenciarlo más aun. Uno de los hábitos que mejor me resultaban en los días de la máquina de escribir era escribir con ramas, o por sobre las líneas. Dejaba espacios amplios entre línea y línea, para ir añadiendo en borrador algo acá y algo allá.

Tacho. Luego lo copio todo de nuevo y pulo el material para un artículo, un poema, un relato o lo que sea; pero he conseguido una buena semilla, un núcleo que después será un texto.

escribirmani

Hábito de concluir

Antes escribía pero no publicaba.

Entonces conocí a Minie MacEmmerich, una hija de alemanes que no cree en el despilfarro. Ella mandó a un editor algo que yo había arrugado y botado a la basura; y se publicó. Aprendí mi lección: hay que terminar. Un texto no acaba hasta que está publicado.

Hace unos cuarenta años atrás el poeta Wekeel McBride leyó unos versos que yo había desestimado, me pidió que los enviase a un editor, y se publicaron. Ahora tengo el hábito de culminar; entrego mis textos a un diario, y a otro y a otro, hasta que alguien los publica.

Considere usted estos hábitos, pero desarrolle los suyos propios, estudie qué pasa cuando logra escribir bien y eso lo llevará a descubrir sus propios hábitos de escritor.

(Donald H. Murray es un novelista y editor de Estados Unidos, y profesor de escritura creativa. Su artículo apareció en la revista Writers, en 1992).

 

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