Homenaje a las pequeñas cosas


Como trabajo en casa me gusta salir a alguno de los cafés del barrio a desconectar de los correos electrónicos y la ropa en espera de ser lavada y escribir las tres páginas matutinas de cada día. Hoy me fui sin el teléfono celular a un nuevo café que está en la calle Venus, y me senté mirando a la ventana que da a la calle. Bolígrafo en ristre…la mente dispersa, la mano izquierda sobre la taza de té. Empecé a escribir para anotar que había una puerta de madera, viejísima, en la pared de enfrente, y una ventana con una planta trepadora asomándose por los barrotes. En la medida que iba describiendo esas cosas vistas por primera vez, mi mente se fue aquietando y pude escribir, en la tercera y última página, un par de ideas realmente trascendentes, que me pusieron de muy buen humor y con las que regresé a casa dando saltitos por la calle. Me acordé mucho de este texto de Natalie Goldberg en su libro El Gozo de Escribir

Luz del mediodía

El escritor observa detalles que pasan desapercibidos a los demás. Por ejemplo, sobre nuestra lengua, nuestros codos, el agua que sale del grifo, sobre los camiones de limpieza urbana de Nueva York, del color violeta de un viejo letrero en una pequeña ciudad. El trabajo del escritor consiste en dar vida a lo banal, en volver a despertar al escritor a la excepcionalidad de lo existente.

Cuando vivimos demasiado tiempo en el mismo lugar, nuestros sentidos tienden a entorpecerse. Ya no nos damos cuenta de lo que tenemos a nuestro alrededor, esta es la razón por la que viajar sea tan excitante. Nos encontramos en lugares nuevos y lo vemos todo de forma nueva. Tengo una amiga que vive en Nueva York. La última vez que había subido al Empire State Building estaba en quinto curso y había ido con la escuela. Sólo volvió cuando fueron a verla unos amigos de Minessota que querían subir al famoso rascacielos; y para ella fue algo emocionante, aunque por sí misma nunca se le había ocurrido ir.

El escritor es alguien que desde el medio oeste va a Nueva York por primera vez, pero sin dejar su tierra, únicamente ve su propia ciudad con los ojos de un turista. Y empieza a ver de la misma forma también su propia vida. Hace mucho tiempo me trasladé a Santa Fe. Puesto que ahí no había muchas posibilidades de empleo para una escritora, trabajé a tiempo parcial como cocinera para un restaurante. La primera vez, despertándome el domingo por la mañana para enfrentarme a las seis de la mañana a una jornada en la cocina,  me interrogué sobre mi destino. A las ocho, atareada en cortas zanahorias en diagonal, quedé impactada por su color y pensé: “Es realmente una experiencia profunda!”. Me enamoré de aquellas zanahorias, me eché a reír. “A dónde he llegado, ¡me conformo con tan poco!”.

Aprended a escribir sobre lo que es banal, rendid homenaje a las tacitas de té, a los pajaritos, a los autobuses, a los sandwichs de jamón. Haced una lista de lo más banal que podáis imaginar. Cada vez que se os ocurra añadid una nueva voz. Prometeos, antes de dejar esta tierra, nombrar por lo menos una vez en una poesía, en un cuento o en un artículo, cada una de las cosas que habéis puesto en la lista.

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