Valorar los borradores


Aunque el proceso de escritura sea largo y requiera numerosos borradores, pruebas y ensayos, nuestra cultura escrita sólo valora, publica o difunde el producto terminado. Sólo podemos ver libros, periódicos, propaganda o escritos en su versión final: perfectos, correctos, sin errores. Cuando leemos algo acabado, nada hace sospechar que el texto haya tenido formulaciones previas con errores, lagunas y todo tipo de imperfecciones. Los alumnos acaban pensando que el texto “nace” directamente en su versión final.

Deberíamos desarrollar sensibilidad respecto a los borradores. Deberíamos tratarlos como si fueran bocetos o ensayos de pinturas: guardarlos siempre, archivarlos, leerlos, corregirlos, exponerlos en público, comentarlos. Por ejemplo, ¿no sería bonito colgar en la pared del aula el conjunto de esquemas, borradores y escritos que haya elaborado un alumno o un maestro -¡o un escritor famoso!- para ver así el proceso de redacción que ha seguido?

 Daniel Cassany

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La última vez que fui a mi Mérida natal tuve un problema que resolver. ¿Qué hacer con las dos cajas llenas de cuadernos de escritura a mano? No podía traérmelas a Barcelona, así que fui abriendo cada uno de esos cuadernos y libretas, leyendo su contenido para seleccionar aquellas frases o páginas con las que me quedaría. Tomé notas, arranqué hojas enteras, pero sobre todo, pasé horas amenas y sorprendentes. “¿Yo escribí esto? ¿Así pensaba yo hace tres años? ¿Fui capaz de redactar este párrafo? Y yo que pensaba que entonces no tenía ni un poco de inspiración…. ¡Qué barbaridad de frase esta! No recordaba que era capaz de escribir tantos lugares comunes”. Y así junté un buen número de páginas que ahora están conmigo en Barcelona y que no sé qué hacer con ellas. Tal vez volverlas a leer algún día. Creo que alguna vez he compartido algo reelaborado a partir de esos borradores, pero no es lo importante, lo importante es que son documentos preciosos para mí,  porque son como era yo y como sigo siendo de alguna manera. Porque me dan ternura y aliento y porque me recuerdan que la escritura ha estado ahí, siempre, incondicional.

Antes, al leerme siempre me criticaba y pensaba que podía hacerlo mejor. ¡Cuánto me falta! Pero después aprendí a aceptar que los escritos, los bailes, las palabras pronunciadas en voz alta, son como son, y al aceptar esas expresiones me estoy aceptando a mí misma con el estado de desarrollo en el que me encuentro, con mi poca o mucha concentración, con el grado de técnica con el que cuento. Sí que hay camino por delante, menos mal, pero ahora, todas esas páginas escritas a mano son el testimonio imperfecto, pero disfrutado, de muchas horas haciendo lo que me gusta. Lo bailado y lo escrito nadie me lo quita.

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