Fluir


No recuerdo cómo es un lunes normal, el lunes de una persona trabajadora que se prepara su almuerzo la noche anterior y lo pone en una lonchera. Hoy escuché el despertador de mi compañero de piso, sonaba a las campanas de una catedral. Un sonido hermoso que no tengo que escuchar porque no uso despertador. Le digo a mi mente: despiértame mañana a las ocho. Y me despierta un cuarto de hora antes, la cabrona.  Mis lunes son como los domingos.  Todos los domingos sé que hay  mucho más por escribir que lo que concretaré al final del día. Los lunes son iguales pero con más tango y menos tiempo para escribir, lo martes también, sólo que para entonces he perdido la esperanza de empezar mi novela autobiográfica y me conformo con presentarle a Yuan los dos poemitas de cada martes.

Este fin de semana me propuse que aprovecharía mi resfriado para quedarme en casa y escribir más, pero entonces el resfriado se sintió a gusto y creció y creció hasta proporciones realmente incómodas, y tuve que dormir casi todo el día y la noche para evadirlo. Pero conseguí escribir en mi libreta, las tres páginas de cada día que a veces me dan mucha lástima, parecen las de un libro barato de autoayuda para principiantes: “Estás mejor, todo está bien, no tienes por qué tener miedo, el lobo no existe y si existe está muy lejos en los bosques de Canadá y es muy bueno y tiene muchos amiguitos y no está interesado en tus huesos de hace dos días sin lavar”. Me sueno las narices por milésima vez, me paseo una media hora secuestrada por mi mente intentando encontrar pruebas sobre el lobo amistoso, ¿alguna foto con una enorme sonrisa? ¿Una donde está dándoles la mano amablemente a sus colegas? ¿Alguna quizá de la novia sobreviviente? ¿Te parece que es feliz y no esconde un monstruo en su interior? El dolor de cabeza es una prueba clara de que estoy pensando demasiadas pendejadas juntas. Respiro, vuelvo a respirar conscientemente, trato de sentir “el campo de energía unificada” de mi cuerpo, y sólo siento los escalofríos que recorren mis piernas una y otra vez, pero por suerte he dejado de pensar en el “peligro” inminente  y estoy a punto de dormirme de nuevo. No me duermo, en un momento reviso los capítulos de la historia de Fusa y Jacinto. Es tan rápido como leer. Nunca sé a qué hora leo, no es algo a lo que tenga que buscarle un hueco en mi vida, parece que no tengo tiempo para leer y sin embargo, fluye, como la revisión de los cuentos ayer. Ojalá pasara lo mismo con la escritura. A veces sucede.

caparucita

Y hoy es lunes,  parece un lunes normal, aunque no me haya preparado el almuerzo ayer ni lo tenga que poner en una lonchera. Es lunes porque salí de la cama y estoy escribiendo en el sofá, porque me llegan mensajes sobre las actividades de la semana, porque pensar en el lobo me da risa y no miedo. Y porque mañana es martes y tengo dos poemas por escribir.

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