Conmigo
La tarde estaba bonita con sus nubes blancas y grises y el sol abriéndose paso entre ellas. Me vine a la finca en una de esas escapadas que me voy últimamente con mayor frecuencia, para tocar base emocional y ponerle ungüento vegetal a mis heridas. Mientras pintaba mi autorretrato en casa de Nacho, las nubes dejaron caer una lluvia muy fina, como si la estuvieran cerniendo allá arriba. Ahora es de noche y estoy sola. Escucho que la lluvia es más intensa sobre los árboles, y el mugido de una vaca que es mi vecina. Tenía razón un señor que fue a verme para que le recete flores de Bach: este año, las ranas no han cantado.

Mis padres están ahora de vacaciones en Cancún, encerrados en su cuarto por el mal tiempo. Yo estoy en mi antigua recámara que ahora es suya. Todo está muy limpio y me doy cuenta que no estoy del todo sola: varios insectos rastreros han pasado sin saludar y un ruido en el techo de palma me indica que tal vez un roedor me vigila. Hoy que volví a pintar experimenté ese estado de fluidez en el que el tiempo pasa desapercibido, mientras yo percibo más y más cada detalle de lo que hago. Me gusta venir al rancho porque es imposible ignorar a la vida aquí. Mi hermano, su esposa y su pequeña me adoptaron en esta ocasión. Platicamos largo rato sobre películas, planes, viejos traumas. Reímos contando irreverentes chistes religiosos. Pude palpar su felicidad, dejarme consentir, llorar con ellos. Terminé el día dando pasitos de baile, y ahora escribiendo.




