La bailarina: antecedentes y contagios

Es uno de los primeros recuerdos, en ese entonces tenía yo poca conciencia de la vida y mucho menos del futuro, pero cuando a los adultos de mi casa se les ocurrió preguntarme qué me gustaría ser de grande, (¿Por qué hacemos eso?) lo primero que dije fue: bailarina. Y no, no estudiaba ballet ni solía bailar, creo que sólo me parecía hermoso el vértigo de girar al ritmo de la musiquita.
Recuerdo bien el proceso de aprender a bailar: En una fiesta de fin de año con mi familia, tendría yo más o menos ocho años y lo intentaba con toda mi alma, aunque mi madre me señaló que abría yo mucho los pies. Más tarde, en el cuarto amplio de mi casa del rancho, mi madre y sus tres hijas bailábamos por diversión en las tardes. Ella nos enseñó a bailar en pareja, y ¿Quién creen que era la más entusiasta? Cuando mi mamá dio por terminada su tarea, mi hermanita Ceci y yo seguimos bailando, nos encantaba, inventábamos danzas extrañas, y como ella era más pequeña y flaquita que yo, era mi pobre víctima cuando salía lanzada por los aires al girar demasiado rápido.
Fuera de eso no tomé clases de ningún tipo de danza. En mi primera juventud asistí a las fiestas y bailes en compañía de mis hermanos y amigos y creo que nunca me he divertido tanto como entonces. Y aunque jamás olvidé que cuando era muy niña dije que al ser grande quería ser bailarina, también estaba conciente que era un sueño muy lejos de mi alcance. Además, ya me inclinaba yo más por las letras y la docencia, pero cuando en alguna fiesta volvía yo a sentir ese vértigo extásico de bailar, me preguntaba cómo es posible que pudiera ser feliz cuando dejaba pasar tantos días sin hacerlo.
Y ahora, con el tango estoy haciendo mi sueño realidad. Y algo muy bello de todo esto, es que ahora quien está entusiasmada con bailar es la hijita de tres años de mi hermana Ceci. Cuando le digo: ¿bailamos Maricarmen? Me contesta con una enorme sonrisa: ¡Tango! Y quiere que dancemos en todo tiempo y lugar, ¡ya hace boleos y contraboleos! Y cuando hechas una sonrisa con patas, bailamos por toda la casa, me hace muy feliz recordar aquellos tiempos en que su madre y yo disfrutamos tanto con nuestros locos bailes.




1Alejandro
wrote on 19 November 2009 at 13:50
Amiga: Excelente relato de tus vivencias y mira que en la foto estás de presumida (mostrando pierna… iiiiuuuuuuu!!!!!!!!)
2pamquibec
wrote on 21 November 2009 at 5:26
Me encontré sin lugar a dudas en tu relato aunque nuestra historia difiera un poco.
De niña yo sí estudié ballet, asistía a la academia junto a mi papá que en sus años mozos fue bailarín clásico y luego de un trágico accidente en pleno escenario, tuvo que dejar las zapatillas… Eso hasta que yo existí y el comenzó a dar clases de nuevo.
así fui creciendo y t aseguró que uno de mis juguetes favoritos era un joyero que al darle vueltas a la pila dejaba sonar una de las melodías del lago de los cisnes y sí ponías a la bailarina encima del espejo giraba sin parar.
El tiempo pasó y tuve que dejar el ballet, una de las situaciónes que más me frustro.. por un tiempo.
Iba yo a todas las funciones y me veía allí, tan lejos de los escenarios, me sabía a mi misma a sueño olvidado.
Afortunadamente cómo tu, un día conocí el tango y me enamoré de la seducción, de los boleos, de las vueltas de T.A.N.G.O, de la milonga… de todo eso que parece tan sencillo a simple vista.
Algún día platicando con mi profesor ( que es irónicamente bailarin de ballet) me preguntó qué amaba más, sí el tango o el ballet… mi respuesta? bueno, el ballet siempe será ese sueño que puedo ver desde la primera fila de cualquier teatro, pero el tango es mi hoy, mi realidad.
Así que me da gusto, que tu sueño de niña, sea hoy una realidad en cada uno de tus pasos.
Que lindo encontrarte también y gracias por dedicarme un ratito en mi blog =*)
3carmenmaria
wrote on 21 November 2009 at 17:25
Hermoso tu relato, con el que también yo me identifico. Letras y tango. dos pasiones que compartimos, qué maravilla!!