Galletas y más galletas
Me gusta comer galletas remojándolas en agua, como una mapachita ansiosa. Recuerdo el primer atracón literario de galletas: tenía como ocho años y leía una novela enorme: Ben-Hur en su versión original. Mientras leía en el cuarto daba viajes a la cocina para robar las galletas de canela de mi abuelito. La caja de las galletas era una vieja lata ovalada, que hacía bastante ruido cuando quería abrirla, pero yo perfeccioné mi técnica para que mis ruidos pasaran desapercibidos (o por lo menos eso creía). Tal vez desde entonces nació mi gusto por las cajas; son cosas maravillosas que prometen ser muy prácticas, aunque luego no se sepa qué guardar en ellas. En ese tiempo robaba galletas porque no me daban permiso de comerlas. Nunca. A ninguna hora. Era asmática y me hacían daño. 
La lata de galletas era de mi abuela. Ella no era una buena cocinera, pero le gustabahacer unas que eran muy duras, pues mi abuela modificaba la receta original a voluntad, quitándole siempre, más que poniéndole, los huevos o la mantequilla que garantizarían su suavidad. Se contaba que solía invitar de esas galletas a las novias de sus hijos, y que no había chica que sobreviviera a su dureza. Bueno, mi madre sobrevivió, y prueba superada, casóse con mi padre y vivió, para desgracia suya, ocho años en casa de su suegra.
Yo adoraba a mi abuela, ella quería transmitirnos, a nostras sus nietas, toda la “sabiduría”, los criterios, de lo que ella suponía su estatus privilegiado. Mi madre, una mujer sencilla y sensata, combatía estas enseñanzas de modo práctico. Nos enseñaba, por ejemplo, a hacer galletas siguiendo estrictamente la receta.
Cuando crecimos, a mis hermanas y a mí se nos rompió el encanto por la abuelita. Pudimos distinguir de sus numerosos prejuicios y por supuesto, la balanza se inclinó finalmente por mi madre. En su compañía aprendimos a hacer pasteles, panes y galletas. Primero bajo sus estrictas instrucciones, después, ella misma nos dio libertad para experimentar y crear. En la adolescencia escribí un recetario de repostería que ahora le sirve de referencia a mi mamá y hermanas. Pero lo mejor de todo es que ahora puedo comer libremente galletas. Mientras leo, mientras escribo y a vista de todo el mundo.




1Alejandro
wrote on 5 January 2010 at 21:26
Haciendo referencia a lo que escribiste: eres una caja de sorpresas…
Que buen relato de tus experiencias…
(quizá te puedas imaginar qué parte es la que me dio mucha risa…. estuvo muy buena esa sección)
2Michelle
wrote on 19 January 2010 at 11:15
Este tipo de historias y recuerdos, es lo que a una le alimenta desde la cabeza a la pancita.
Precioso es vivir las cosas y mejor aún recordar los detalles con ese toque tan cálido y personal.
Saludos bella María