Nico
El pollito que no tuvo frío
Un mañana, mi madre descubrió que una pata había dejado el nido y se había ido muy feliz con sus patitos recién nacidos, abandonando un huevo de gallina a punto de brotar. (Cómo mudan de nido los huevos, no los sé, pero era un fenómeno frecuente, si alguien sabe sería lindo que me contara). Así que mi madre, la señora que siempre estaba renuente a cargar otros niños que no fueran los suyos, y poco entusiasta de los animales, llevó el huevo a la casa, lo puso en una cazuela sobre el piloto de la estufa, y esperó a que el Pollito, que recibió el nombre de Nico, viera la luz del foco de la cocina por primera vez.
Era uno de esos inviernos helados y húmedos de la zona montañosa de Veracruz, pero el pequeño Nico no sufrío frío. Mis hermanos y yo nos encargamos de arroparlo por turnos dentro de nuestras chamarras, hasta que un día salió el sol y sacamos a calentar al pollo tal como lo dicta la madre naturaleza. Construimos en el patio de adelante un pequeño corral con maderas, y soltamos al plumífero, aunque no podíamos dejamos solo: habían cerca de quince gatos en el patio. Los gatos fueron fuente de entretenimiento y diversión durante toda mi infancia, excepto en el momento en que “Rosito” burló nuestra vigilancia, atrapó a Nico en su hocico y huyó con él. Pasé momentos de verdadera angustia.
Mi madre cuidaba mejor de todos, sin embargo, que mis hermanas y yo del pollito. Escuchó nuestros gritos, salió de la cocina, corrió tras de Rosito y lo alcanzó debajo de la mata de café. (los que conocen las matas de café saben que no es fácil meterse debajo de una de ellas). Sacudió mi madre al gato delincuente hasta que éste soltó al ave doméstica. Con gran dolor vimos que Nico estaba inmóvil, con su cuellecito lánguido, sin mover una sola pluma. Vislumbrábamos entre lágrimas un solemne funeral, pero mi madre, que es poderosa, derramó un par de gotas de agua en el piquito del pollo y así logró que resucitara, para seguir feliz y coleando su vida casera, hasta que fuera capaz de defenderse solo en el patio en el que murió, algunos años después, de viruela, creo recordar, cuando él ya no se acordaba para nada de sus madres adoptivas.




1Andrés Sobico
wrote on 14 January 2010 at 14:25
De entre los pollos o patos que tuvimos (no tantos en una casa urbana de buenos aires), hubo el caso en que no de esos pollitos comprados en criadero se mojó perdido en la tormenta, mi madre (que se decía a sí misma gallina porque eramos cinco hermanos , a saber sus pollitos); decía que a mi madre se le ocurrió calentar al aterido amarillo prendiendo el horno en mínimo y colocarlo allí dentro con puerta abierta, cosa de secarle las plumas.
En eso enta mi hermano menor, de cuatro años, que yaestaba entrenado a comer en una mesa con cuatro voraces hermnaos mayores, cuando entra en la cocina y ve al pollito sentadito dentro del horno abierto. levanta una mano y exclama
-¡yo me como una pata!¡canté primero!
(te felicito por el blog)
2carmenmaria
wrote on 15 January 2010 at 16:06
Muchas gracias Andrés por compartime y compartirnos tus recuerdos ovíparos. Encantada de que te haya gustado el blog, yo disfruto mucho el tuyo. Hace tiempo ya di con tus teorías sobre el comportamientos animal en Imaginaria. Son geniales.