La nota del laúd
Carmen María | February 8, 2010 | 7:23 pm

“¿Desde dónde escribo? Escribo desde lo que soy, de lo que desconozco y no comprendo, desde lo que me afecta, es decir, desde lo que me rehace. Escribo para reconocer los desconocimientos que están ahí y ante los que no quisiera permanecer ciego. Escribo para imponerme cierta lucidez, para negarme al desconcierto.”

Tomás Eloy Martínez

Leer poesía
Carmen María | February 7, 2010 | 9:54 am

“La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
—ni siquiera palabras.”
(…) “Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz.
Y despertamos.”

Eugenio Montejo

Me gusta leer poesía desde que era una niña y los poemas de Tagore me sorprendieron, regalándome un ramo de flores que envió para mí el mismo poeta hacía más de cien años. Cuando leo poesía y no logro aprehender su significado me acuerdo siempre de lo que escribió Tagore en uno de sus inmortales “cantos”:

Sin embargo, no encuentro exactamente lo que busco; no comprendo bien
lo que quisiera aprender; pero este mensaje que no he sabido descifrar me hace
dulce y alegre la jornada y mi pensamiento se ha trocado en melodía.

Escribí mis primeros versitos a la edad de ocho años. Más tarde me di cuenta de que le había robado la idea a José Goroztiza, el escritor mexicano que con quien me hubiera gustado compartir una barca en el silencio lleno de colores de los ríos tabasqueños. El poema que ingenuamente “copié” es una de sus  Canciones para cantar en las barcas:

II

No canta el grillo. Ritma
la música
de una estrella.

Mide
las pausas luminosas
con su reloj de arena.

Traza
sus órbitas de oro
en la desolación etérea.

La buena gente piensa
- sin embargo -
que canta una cajita
de música en la hierba.

En la adolescencia me di cuenta que la poesía no vivía exclusivamente en los versos rimados. Con gran deleite de mi parte leí al inmortal Platero, Para entonces yo pasaba las tardes pastoreando cabras y admirándome del cielo enorme de Yucatán. Las palabras de Juan Ramón Jiménez , sólo las suyas, podían ilustrar con tanta sencillez los sentimientos exaltados que me dejaban sin habla:

Caía la tarde de abril. Todo lo que en el Poniente había sido cristal de oro, era luego cristal de plata; una alegoría, lisa y luminosa, de azucenas de cristal. Después, el vasto cielo fue cual un zafiro transparente, trocado en esmeralda. Yo volvía triste…

Ya en la cuesta, la torre del pueblo, coronada de refulgentes azulejos, cobraba, en el levantamiento de la hora pura, un aspecto monumental. Parecía, de cerca, como una Giralda vista de lejos, y mi nostalgia de ciudades, aguda con la primavera, encontraba en ella un consuelo melancólico.

Sé que leer poesía no me ayudó a escribir mejores poemas. Éstos, pobrecitos, siguen siendo lo más cojo de mis creaciones. Sin embargo, creo que el estar siempre cerca de los textos poéticos me ha ayudado a experimentar con el lenguaje, y a darle cierta carga poética a mis cuentos y relatos sobre la vida cotidiana. Sigo escribiendo versos. Eso sí, porque lo disfruto. Y todos los días tengo algún poemario junto a mí, porque hay tantas cosas que todavía no sé cómo decir, y siempre encuentro un poema que ya encontró la manera.

Poemas para pegar en el refri II
Carmen María | February 6, 2010 | 10:50 am

“Los niños tienen mucha imaginación” Solemos decir, y sí, la tienen, al igual que nosotros, sólo que ellos la usan para cosas mucho más encantadoras y gozosas: hablar con los gatos como si éstos fueran viejos amigos, alegrar con una danza desenfadada a la nueva planta que llegó a casa marchita; alejar el miedo con letreros imaginarios que dicen: “Lo que buscas está a mil kilómetros hacia ahí –>”

El mundo de los pequeños está lleno de prosopopeyas.  Una prosopopeya es la figura de lenguaje que confiere a animales, objetos y a conceptos abstractos características o acciones exclusivamente humanas.

Ejemplos:

Animal: El gato medita en la ventana.

Objeto: El ojo de la cerradura parpadea, asombrado.

Concepto abstracto: El odio que titirita en su mirada fría.

¿Qué tal si hacemos un poema para describir un momento del día usando los tres tipos de prosopopeya: animal, objeto, concepto abstracto? Podría quedar algo así:

Esta mañana las hojas secas bailan
y me saludan
desde la ventana.
La taza de café se ruboriza
como si nunca antes la hubiera yo besado.
Un miedo del pasado
que estaba de visita

ha quedado doblado entre las sábanas
mientras mi alegría y yo nos vamos
doblándonos de la risa.

Y recuerda: estos son ejersucios, ensayos, borradores. Disfruta mientras creas sin presiones, y si te gustó el resultado, pegálo en el refri y compártenoslo.

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Poemas para pegar en el refri I

Lenguaje poético

¿Qué pondrías en tu maletín?
Carmen María | February 2, 2010 | 3:38 pm

Iniciarse en la escritura creativa es como empezar un viaje en el que, por fortuna, a medida que nos adentramos en sus territorios, podemos abastecernos de los útiles que nos facilitarán la travesía. No está de más, sin embargo, preguntarles a quienes son viajeros expertos y empacar lo mínimo indispensable.

El escritor  Luis Landero propuso en un taller, un juego que quizá nos sirva. Hacer una lista de las herramientas útiles para poner en nuestro maletín de viaje. Él proponía las siguientes:

Unas buenas botas para subir al monte de lo salvaje en nuestras mentes, y una brújula para orientarnos porque es fácil empezar y perderse.

Un catalejo, para mirar a distancia, coger perspectiva, ver con luces largas y trazar un plan.

Una lupa, para ponerla en los ensueños y en recuerdo, y para poder detectar los detalles cotidianos.

Alas, pero que no sean de cera como las de Ícaro, para que no se derritan cuando llevamos la imaginación hasta su máxima verosimilitud y nos despeñemos en la fantasía arbitraria.

Un espejo, para saber aceptar el rechazo y rechazar la aceptación cuando no correspondan a la verdad.

Un reloj roto: No tenemos prisa pero tenemos una tarea en marcha. Sin angustia, pero sin complacencia.

Un mástil para atarnos como Ulises contra los cantos de sirena de la pereza, la fantasía estéril, el dinero, la fama, el miedo.

¿Se te ocurren más herramientas para emprender el viaje?

La nota del laúd
Carmen María | January 30, 2010 | 4:02 pm

Gertudre Stein dijo una vez, riéndose, que escribir es tan solo decir lo que uno sabe. Bueno, ese decir es un ejercicio tan difícil en técnica como en honradez; pero debe manifestarse de la manera más inmediata, más espontánea y más impremeditada posible.

Thornton Wilder

¿Por qué me gusta escribir?
Carmen María | January 29, 2010 | 5:25 pm

Por: Zilniya

Desde pequeña, he sido más bien introvertida, tímida. Y también muy imaginativa. Tenía mucho mundo interior hasta el punto que me desbordaba. En el colegio es donde tuve mi primer contacto con la poesía. Más tarde, empecé a publicar algún que otro artículo en la revista de la escuela (basado en trabajos de clase por lo general).

Fue ya en el instituto cuando “me solté la melena” literariamente hablando. Allí conocí a Perséfone, autora de Diálogos Píticos, incansable dibujante y ‘relatista’ con la cual co-dirigí la revista del instituto durante un año. También por aquellos años estuve apuntada a un taller literario como asignatura optativa. Ahí me di cuenta de que prácticamente de todo se puede sacar material literario, mediante ejercicios prácticos, como los que se recomiendan en Difícil de Juglar.

Después de mi etapa en el instituto, estuve varios años sin apenas escribir –aunque dibujaba bastante–. Ya con el auge de Internet y los blogs me animé (o, mejor dicho, me animaron) a publicar en red, primeramente en el blog colectivo Sopaderelatos.com y luego en mi propio blog, Ecologismo Literario, y vía Twitter como @microversos.

¿Cómo evolucionó mi escritura?

Al principio, aparte de algunos poemas, lo que más escribía era mi diario personal. Es muy aconsejable llevar uno. Escribes sin atarte a normas, con total libertad, y te acostumbras a plasmar vivencias reales por escrito (aunque se puede aprovechar también para anotar poemas y citas). Pero como no lo había llevado desde la infancia, sentía la necesidad de tener una memoria de ciertas anécdotas que no quería dejar que se perdieran.

Se me ocurrió que podía transformarlas en cuentos con moraleja y así fui puliendo mi propio estilo. También leía más novela, lo que me empapó un poco del estilo de otros autores. Realmente, no tengo un favorito único. Si acaso, me gusta mucho Amy Tan. Pero los que más me han influido a la hora de ponerme a escribir han sido autores que me he encontrado por la red, aficionados como yo. Ver a otros que, sin ser profesionales, siguen publicando y mejorando su forma de escribir me anima más que ninguna otra cosa. Puede gustarme mucho una novela, pero me siento más identificada con los autores de la red.

Poemas vertebrales
Carmen María | January 27, 2010 | 4:45 pm

Las palabras, esas listillas con alas, cuando no se nos  escapan, se quedan a dormir en la punta de lengua sin jamás saltar del trampolín. Sucede entonces que estamos escribiendo y…¿dónde está la siguiente palabra? ¿Con qué palabra empiezo? ¿Qué palabra es la más adecuada? Y ahí estamos nosotros, angustiados frente a nuestro escrito, mientras ellas juegan a las escondidillas.

Pero a veces sucede también que una palabra delata a las otras. Dar con ella es una pista para encontrar a las que faltan, y por eso los poemas vertebrales son un buen recurso cuando necesitamos un pretexto para juglar.

Para hacer un poema verteblal, sólo necesitamos escribir una frase horizontalmente. Por ejemplo:

ni
siquiera
la
luz
quiere
entrar
por
las 
ventanas
hoy

Luego usamos las palabras para insertar cada una en un verso de nuestro poema. No hace falta que los versos rimen, pero sí se aconseja, para lograr cierto ritmo, usar la repetición o fijarnos de que nuestros versos sean de tamaño similar.

Tantas nubes: ni una gota
ni tan siquiera una lágrima
por la mejilla azul del cielo
para llorarnos su luz.
Tantas nubes: ni una
quiere
entrar
lloviendo amarilla
su luz por nuestras cortinas.
.
Tantas nubes, las lejanas,
que rehuyen nuestras ventanas
hoy que asomamos semillas.

Te proponemos unas frases para que sean la columna vertebral de tu ejersucio.

Ni siquiera la luz quiere entrar por las ventanas hoy.

Cada paso que doy es un miedo que pasa.

Báñame en ceniza, lávame con lava.

Mal escondite para tus lágrimas este aguacero.

¿Y usted, por qué escribe?
Carmen María | January 25, 2010 | 9:21 am

Por Juan Gabriel Vásquez

Entre las que recibe un escritor en el curso de una entrevista, hay sólo una que es absurda, a pesar de que parezca la más pertinente de todas: y usted, ¿por qué escribe? La pregunta parece pertinente porque el acto de escribir —ficción, se entiende— no es normal: no es normal dedicar ocho horas al día, más o menos, a imaginar en completa soledad las vidas de gente que nunca ha existido; no es normal dedicar seis años, como Tolstoi, o diecisiete, como Joyce, a contar un cuento. Y la pregunta es absurda porque hay un rasgo esencial que distingue a los novelistas (o poetas, o dramaturgos, o cuentistas) del resto de los usuarios del idioma: y es que nadie, o casi nadie, tiene realmente claro por qué hace lo que hace.

Por supuesto que todos se cargan de razones, todos hacen malabares más o menos sofisticados para encontrarle una justificación a esta actividad injustificable. William Gass, a quien estoy traduciendo por estos días, dice: “Escribo porque odio”. García Márquez famosamente dice: “Escribo para que mis amigos me quieran más”. Pero lo cierto es que muy pocos novelistas comienzan a escribir en la edad adulta, muy pocos deciden a los veinte o treinta años sentarse a contar una historia sin haberlo hecho de niños, y los niños, ya se sabe, no suelen preocuparse demasiado por justificar sus intereses. Es más o menos lo que decía Jean Cocteau: “Sé que la poesía es indispensable, pero no podría decir para qué”.

Estaba yo pensando en esto cuando me encontré, hace poco, con la entrevista que le dio Paul Auster a la Paris Review en 2003. Está hablando de los lectores que se vuelven escritores: “Un verdadero lector sabe que los libros son un mundo en sí mismo, y que ese mundo es más rico y más interesante que cualquiera que hayamos visitado con anterioridad. Creo que eso es lo que convierte a un joven en escritor: la felicidad que se descubre viviendo en los libros. Uno no ha vivido lo suficiente para tener gran cosa que contar, pero llega el momento en que se da cuenta de que nació para hacer esto”. Me gusta esta última línea: el futuro escritor no escribe porque tenga un tema, pues pocos tienen temas a la edad en que comienzan a escribir. La idea me parece más justa, pero sobre todo más sugestiva, que esa vieja y cansada banalidad de escribir para expresarse, esa idea más propia del Querido Diario de un adolescente o de un libro de Paulo Coelho (muchas veces superado en interés y honestidad por el Querido Diario de un adolescente: pero éste es otro problema).

En ese librito maravilloso que es Leer y escribir, Naipaul cuenta que tenía once años cuando sintió por primera vez el deseo de ser escritor, pero que durante mucho tiempo esa ambición fue una especie de farsa: Naipaul acumulaba plumas finas y cuadernos bonitos, pero no escribía nada, porque no tenía nada que escribir. La ambición de ser escritor le llegó muchos años antes de encontrar sus historias. La obsesión vino antes que el tema. Escribir como actividad gratuita, irracional; escribir como fin, no como medio. Escribir porque uno no sabe hacer otra cosa y, peor aún, porque a uno no le interesa saber hacer otra cosa. Escribir, en fin, como manera de estar en el mundo.

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Infusionizar (Parte II)
Lúdico Jiménez de Atar | January 20, 2010 | 9:00 am

¡Qué mejor que comenzar el día con un tecito de alféizar! ¿No lo han probado? ¡Qué tal una jarra bien helada de infusión de lentejuela? O una humeante taza de té de solfeo. ¡Caray! Sólo de escribirlo me hormiguean las mariposas.

Con la facilidad y rapidez con que se toma una flor, una raíz, una corteza, una hoja o un sobrecito y, sumándole agua hirviente, se obtiene una pócima con poderes propios, se pueden generar verdaderas avalanchas de ideas embriónicas.

Cuando a un títere jugletón se le confía la tarea de escribir su propio material, lo primero que hacemos es infusionizar. Minutos después, ante un pingüe exceso de embrioncitos de ideas, nos deleitamos juglando con cada una de ellas. ¿El resultado? Abundante, garantizado. ¿Bueno? A veces. Divertido, siempre.

He aquí las instrucciones de este muy sencillo aunque poderosísimo ejersucio:

  1. Ten lápiz y papel a la mano. Por supuesto que puedes usar tu computadora. O lápices de color, crayolas, pinceles, cualquier medio para registrar ideas conforme vayan surgiendo.
  2. Elige una palabra. Se recomienda un sustantivo, pero si lo prefieres puedes usar un adverbio, un adjetivo o un verbo.
  3. Haz espacio en tu mente para un gran perol de agua y etiquétalo con el nombre del catalizador de tu elección. Por ejemplo “INAUDITO”, “MAGIA”, “PARADOJA”, “FALSO”, “ABSURDO”
  4. Enciende la llama y calienta hasta que el agua grite con burbujillas que ya tuvo suficiente del calor. Esto implica, “sintonizarnos” mentalmente con lo inaudito, la magia, la paradoja, lo falso, lo absurdo o cualquier catalizador seleccionado.
  5. Deposita la palabra que elegiste en un principio dentro del perol. Es decir, llévala al terreno de lo inaudito, lo mágico, lo paradójico, lo falso, lo absurdo, o lo que hayas elegido.
  6. Ten presente  la naturaleza descontrolada e incontrolable del hervor: No intentes detenerlo o controlarlo, que eso arruina el proceso infusionizador.
  7. Registra todo lo que surja, tal y como surge. Ya después dedicarás tiempo a ponderar cada idea, y a trabajar con las que elijas.

Tras haber infusionizado, tendrás en tus manos bastane materia prima para escribir al menos un texto, posiblemente varios. Déjala reposar un par de minutos y… ¡A juglar se ha dicho! Dale a cada embrioncito de idea su oportunidad de convertirse, en tus manos, en una microficción, una greguería, un haikú… o cualquier forma de prosa o verso que parezca sentarle mejor. Hace unos días puse a Ikal a hacer esto un rato y su ímpetu infusionizador fue tal, que me dejó gobernar su cocina por unas horas como sólo yo sé hacerlo. Es frecuente perder la noción del tiempo durante un ejersucio de infusionización, así que, si te pasa, no temas. ¿Te recomendaría yo algo peligroso acaso?

Pues no se hable más. A elegir palabras infusionizables. O dicho de otra forma, ¿de qué quieres tu primer tecito? ¡A infusionizar se ha dichooo!

Proteger la vida creativa
Carmen María | January 17, 2010 | 8:28 pm

¿Siempre has querido escribir, pero no le enseñas tus textos a nadie? ¿Deseas fervientemente pintar pero no encuentras tiempo para tomar el pincel? ¿Sabes que la escritura es tu vocación pero decides estudiar medicina? ¿Por qué tantas veces no somos capaces de autodenominarnos escritoras/es pintoras/es o artistas? Clarissa Pinkola nos habla de ello en el siguiente fragmento tomado de su libro.

Alguien me dijo cuando era pequeña que era tan fácil crear para lo bueno que crear para lo malo. Pero yo he descubierto que no es así. Es mucho más difícil mantener el río limpio. Es mucho más fácil dejar que se contamine.

¿Qué pasa cuando algo se apodera de la corriente creativa y la llena cada vez más de cieno? ¿Y si nos quedamos atrapados en ese algo, y si de una forma un tanto perversa ese algo no sólo nos empieza a gustar sino que, además, confiamos en él, vivimos de él y nos sentimos vivas mediante él? Entonces se produce hambre en la tierra y contaminación en el río.

Crear deriva del latín creare, con el significado de producir vida o cualquier cosa donde antes no había nada. El hecho de beber agua del río contaminado es la causa del cese de la vida interior y por consiguiente, también de la exterior. La contaminación provoca la deformación de los hijos,  símbolos de los jóvenes ideales e ideas. Los hijos representan nuestra capacidad de producir algo donde antes no había nada. Podemos reconocer la presencia de esta deformación del nuevo potencial cuando empezamos a poner en tela de juicio nuestra capacidad y, sobre todo, nuestro derecho a pensar, actuar y existir.

Las mujeres de talento, incluso cuando reivindican sus vidas creativas, incluso cuando brotan cosas bellas de sus manos, de sus plumas o de sus cuerpos, siguen dudando de su valía como escritoras, pintoras, artistas y personas reales. Y por supuesto que son reales. Por más que muchas veces se complazcan en atormentarse poniendo en entredicho lo que es “real”.  Una campesina es una campesina real cuando contempla la tierra y planifica las cosechas de la primavera. Una corredora es real cuando da el primer paso. Una flor es real cuando está todavía en su tallo materno. Lo real es lo que tiene vida.

Pero es necesario proteger la vida creativa, evitar el hambre del alma, para ello es necesario practicar diariamente, y después, no permitir que ningún pensamiento, ningún hombre, ninguna mujer, ningún compañero, ningún amigo, ninguna religión, ningún trabajo y ninguna voz avinagrada nos obliguen a pasar hambre.

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