Por Robert Masello. Traducción: Difícil de Juglar.

A veces, lo único que te impide escribir es el ruido.

No, no me refiero al bajo golpeante del estéreo del vecino, a las sirenas de la calle, o a la podadora del vecino. Me refiero al ruido que está dentro de tu propia cabeza.

Hay voces ahí, y no son necesariamente tus amigos. Son duras y críticas y controladoras. Dicen cosas como “Esa idea no es tan original” o “¿Es lo mejor que lo puedes hacer?” o “¿Qué te hace pensar que eres escritor? ¡Eres contador, por Dios!” Es como llevar cargando tu propio coro griego interno de abucheadores… y nunca se callan.

Pero tienes que obligarles.

Nadie escribe sin su aparato crítico en funcionamiento. Tú necesitas esa voz que ocasionalmente susurra en tu oído: “Encontremos una mejor palabra para eso” o “¿No sería agradable insertar una cita contundente justo aquí?” Se llama pensar. Pero no puedes permitirle a esa voz abrumarte, hacerte ir más despacio o, como puede suceder, llevarte al alto total.

Desde luego, hay cosas que requerirán arreglo, ajuste, reescritura. Pero para eso son las revisiones. Ahora mismo, si te topas con un inconveniente y no pareces poder superarlo, sólo rodéalo. Yo a veces escribo, en puras mayúsculas, incoherencias donde sé que algo o alguna sección necesita que vuelva a ella. O arrojo las iniciales PV, que significan por venir. Puede que necesite saber que tendré que hacer algo más de investigación antes de llenar una porción de un artículo, pero con una fecha de entrega asomándose (las fechas de entrega siempre ayudan en este aspecto), simplemente me salto a un lugar más adelante, donde conozco el terreno, y comienzo a escribir allí. (Aunque no me gusta hacer las cosas así —me gusta tener a todos mis patos en hilera antes de comenzar— hay veces en que no tengo el lujo de esa opción.)

Es la voz perfeccionista la que hace más daño, la que se queja compulsivamente sobre todo lo que haces, que sigue diciéndote que tu material no es suficientemente bueno, que deberías volver a empezar, que no deberías escribir el tercer enunciado hasta que los primeros dos sean prístinos. Hasta que puedas callar a esa voz, y hacer una tregua temporal con ella, nunca llegarás a ningún lado. Debes hacer las paces contigo mismo, una especie de pacto que diga “¿Sabes qué? Voy a escribir tan bien como pueda, y eso es todo lo que puedo hacer. Y entonces, una vez que ya tenga algo hecho, regresaré y veré si puedo mejorarlo.” Si tienes que hacerlo, prométele al perfeccionista interior que nunca entregarás nada sin darle una concienzuda revisión, que pagarás un corrector de estilo de tu propio bolsillo, que reservarás un diezmo del 10 por ciento de tus ingresos por escribir a un fondo para participios adyacentes. Haz cualquier trato que tengas que hacer… pero calla a esa voz en tu cabeza por el tiempo suficiente para que te puedas escuchar pensar.

Tomado de capítulo “Regla 23: Saca el ruido”, del libro: “Robert’s Rules of Writing: 101 unconventional lessons every writer needs to know”, de Robert Masello.

Para compartir:
¿Qué relación llevas con esa voz perfeccionista interior?

Para discutir
Me parece que Robert
se equivoca cuando dice que…

Para experimentar
En tu próxima oportunidad al escribir, no dejes que la voz te frene. Negocia, sigue adelante. Una vez hayas vuelto y terminado, habrás valorado si la propuesta de Masello de “sacar al ruido” te ha resultado de utilidad. Será sensacional que, cualquiera que sea el resultado, vuelvas y lo compartieras con nosotros aquí.


Al final de esta entrada puedes incorporar tus comentarios y/o respuestas.