Posts by author: Carmen María

Curso-taller: Primeros Pasos en la Escritura
Carmen María | August 20, 2010 | 10:20 am

¿Tienes recuerdos que quieres rescatar, sentimientos que expresar, reflexiones que compartir?

¿Quieres experimentar el placer de la escritura como expresión y comunicación?

¿Liberar recursos expresivos propios?

El curso-taller Primeros pasos en al escritura te ayuda  a impulsar el hábito de escribir de una manera lúdica, gozosa y estimulante. Un curso que te inspirará, orientará y proporcionará las herramientas para que desarrolles tu estilo propio creativo y lo disfrutes compartiéndolo en comunidad, a fin de crecer y beneficiarte con la práctica de la escritura.

Un curso-taller a través de Internet de manera personalizada,  que acerca a toda persona interesada, sea cual sea su experiencia, las innovaciones pedagógicas de la escritora y docente Carmen María Hergos y su taller de Escritura Creativa Difícil de Juglar.

Programa

  1. Arranque y mantenimiento del hábito de escribir

  2. Estilo personal, goce estético, expresión y comunicación

  3. Cómo lidiar con los enemigos de la escritura

  4. Las ideas para escribir: los recuerdos

  5. Las ideas para escribir: Los deseos

  6. Las  palabras: llaves mágicas de la escritura

  7. Descubriendo los relatos que viven en nosotros

  8. Artesanía del relato

  9. El lenguaje poético en la escritura

  10. Los poemas que se esconden en lo cotidiano

  11. La escritura expositiva, planeación

  12. Retórica de la escritura: presentación del texto

Requisitos técnicos

Para la realización del curso los participantes deben disponer de:

  • Equipo con conexión a Internet (preferiblemente banda ancha), Navegador Web: Internet Explorer, Mozilla Firefox, o similar
  • Dirección de correo electrónico válida
  • Conocimiento y manejo de dichas herramientas informáticas a nivel de usuario

Metodología

  1. Cada Sesión de trabajo consta de:

a) un texto literario inspirador.

b) una serie de tareas que están destinadas a trabajar los contenidos específicos que sean coherentes con ese texto.

c) una sencilla lección teórica que hace de puente entre la lectura y la escritura.

1. Entre las actividades propuestas, siempre habrá alguna destinada a lectura y degustación del texto y alguna destinada a la escritura de un texto creativo.

2. Los trabajos son individuales, pero algunos se harán en conjunto de manera participativa.

3. Personalmente  comentaré los trabajos de cada uno, y publicaré, junto a estos comentarios la segunda parte de la lección teórica y la nueva propuesta de trabajo.

4. Todas las respuestas y comentarios serán visibles por los participantes.

5. El grupo se podrá comunicar conmigo a través del correo electrónico.

6. En la página del curso habrá, además, un apartado de Documentos, donde publicaré los textos necesarios para el seguimiento adecuado del curso.


Para inscribirte en el curso e informarte sobre la sencilla forma de pago, da click aquí.

¡A juglar se ha dicho!

Diez razones para escribir
Carmen María | August 17, 2010 | 4:23 pm

Por:Roland Barthes

No siendo escribir una actividad normativa ni científica, no puedo decir por qué ni para qué se escribe. Solamente puedo enumerar las razones por las cuales creo que escribo:

1) por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico;

2) porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible;

3) para poner en práctica un “don”, satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia;

4) para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado;

5) para cumplir cometidos ideológicos o contra-ideológicos;

6) para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distribución combatiente, de una evaluación permanente;

7) para satisfacer a amigos e irritar a enemigos;

8) para contribuir a agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad;

9) para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas, apoderarse de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos;

10) finalmente, y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (causalidad y “causa noble”), y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad ni generalidad, como lo es el texto mismo.

Roland Barthes, “Diez razones para escribir” En: Variaciones sobre la escritura. Trad.: Erique Folsch González. (Buenos Aires: Paidós, 2002) 41-42.

Libros y películas para inspirar la escritura
Carmen María | August 16, 2010 | 9:49 am

Ahora que estoy pasando unos días en la finca donde crecí, me ha dado por leer nuevamente algunos pasajes de Mujercitas, el libro que fue mi inspiración, y la inspiración de muchas adolescentes en el mundo, para dedicarme a escribir. A pesar de que han pasado muchos años y ya no me emociona como antes, le reconozco su enorme mérito y me hace pensar en lo mucho que un libro o una película pueden influir para empezar o perseverar en la práctica de la escritura creativa.

¿Alguien necesita un empujoncito para continuar escribiendo? Aquí les dejo una selección de libros y películas altamente inspiradores. Confieso que mis criterios selectivos están inclinados hacia obras realizadas  por o sobre mujeres, así que la lista queda abierta para que ustedes añadan sus películas y libros favoritos sobre escritura y podamos lograr un  equilibrio.

Libros

Mujercitas Louisa May Alcott

La suma de los días de Isabel Allende

Memorias de África de Isak Dinesen

La loca de la casa de Rosa Montero

Películas

La joven Jane Austen (Jane Austen)

Miss Potter (Beatrix Potter)

Descubriendo Nunca Jamás (J.M. Barrie)

Las horas (Virginia Woolf)

Predilección (Charlotte Brontë, Emily Brontë, Anna Brontë)

Las alas del coraje (Antoine de Saint-Exupéry)

El club de los poetas muertos

Adaptation. El ladrón de orquídeas

Bajo el sol de la Toscana

Escribir es saludable
Carmen María | August 2, 2010 | 5:17 pm

Casi sin saberlo, Susana calma su ansiedad mientras escribe la lista del supermercado. Pablo aminora la marcha de su obsesión cuando apunta las tareas pendientes. Renata escribe sobre sus desvelos y vence el insomnio. Borges pudo volver a dormir cuando publicó Funes el memorioso . Carlos avanza en su cuento sobre el cáncer que creyó imbatible. Cuando Isabel Allende publicó Paula , comenzó a calmar el dolor por la enfermedad terminal de su hija. La actriz María Valenzuela “sorteó la locura” cuando empezó a anotar en un cuaderno cada paso de la milagrosa recuperación de Malena. El mundo pudo conocer el diario íntimo de Anna Frank. Hoy Lucía tiene un blog donde describe su “amistad de barro y cristal” con la anorexia.

Como la de ellos, miles de historias de ilustres y desconocidos se convierten en fiel testimonio de este ejercicio sanador que gana adeptos en el mundo. En las últimas décadas, distintas investigaciones científicas destacan el valor de la escritura como herramienta terapéutica. No es necesario conocer de reglas o técnicas narrativas. Sólo hace falta una lápiz, un papel y animarse.

“A través de la escritura, las personas atravesadas por situaciones de estrés logran mejorar su bienestar psicológico y físico“, anticipa Mónica Bruder, doctora en Psicología y experta en cuestiones de escritura terapéutica. “Cuando escribimos, liberamos lo que llevamos dentro -explica Bruder-. Hay un desbloqueo emocional intenso, en el que se comprometen el pensamiento, la emoción y la palabra escrita. Así, descubrimos lo inconsciente, revertimos miedos, descubrimos las causas de tantos dolores, sufrimiento y limitaciones.”

¿Por qué necesitó el hombre escribir ya desde la era de las cavernas? ¿Qué recurso o impulso natural lo llevó a explorar e inventar sistemas gráficos?

Un paso decisivo en la evolución del Homo sapiens fue la adquisición de un vínculo entre el pensamiento y los símbolos materiales. La actividad gráfica puede entenderse entonces como una extensión de las facultades cognitivas del ser humano. Parecería imperiosa la necesidad de escribir desde tiempos primitivos.

En un principio no hubo letras, alfabetos ni palabras; había imágenes, dibujos, formas, aparentemente sin sentido, pero indudablemente con una significación. El hombre quería decir algo y necesitaba decirlo por escrito.

Esta idea evolucionó en silencio con la humanidad y hoy es posible certificarlo. Podemos decir que cuando se escribe se “descubre” y en la expresión se devela un “algo” que nos da bienestar.

Intentemos hacer este ejercicio. Imaginemos la siguiente escena, como si fuera una película: un hombre, sentado frente a la mesa, escribe. En ese momento mágico, se fugan del cuerpo la razón y las emociones. La razón la abraza, la contiene. La emoción se resiste, pero la necesita. Se necesitan como opuestos que se atraen. El abrazo corona al hombre, que busca, y en un momento fecundo encuentra y escribe. Las palabras vuelan sobre la hoja, mariposas de todos colores cargan letras de todo tipo. La idea se imprime. Se define el sentimiento, eso que el hombre necesitaba decir. ¿Qué escribió?, ¿qué dijo? Esa es otra película, otro ejercicio. Más adelante.

“El pensamiento es más lento que la emoción -explica Bruder-; así como escribir es más lento que pensar. En este cruce de tiempos del sentir-pensar-escribir, la razón libera las palabras necesarias. Así es como la escritura, el cerebro y el sistema inmunológico se triangulan en busca del bienestar.”

Juan ya no grita cuando pelea con su mujer, le deja mensajes pegados en la alacena. “Aprendí a escribir lo que no podía decir, y tomo menos remedios para la presión”, confiesa, orgulloso, su fórmula, ahora no tan secreta, para seguir casado. “Fue el consejo más sano que recibí de una amiga tan cabrona como yo -detalla Juan-. Ya cansado de discutir en vano, por consejo de su amiga, Juan escribe y se relaja. “Es que cuando te detenés a escribir se empieza a relajar ese impulso que parece arrasarlo todo.”

Cuando Juan deja mensajes en la alacena, calma su ansiedad, su enojo, dice lo que siente. Con lo que escribe: “Estoy enojado”, “vuelvo tarde”, “perdoname”, “me equivoqué”, lo que sea. Juan ya no grita, pero tampoco calla. Escribe, dice, sana.

Por un lado, está lo sanador del acto puro de escribir (“el abrazo de la razón y la emoción”, del que hablábamos hace un instante). Por otro, aún más saludable y beneficioso, aparece el contenido, el mensaje que trae lo que uno escribe (“eso que el hombre de la película quería decir”, y dijo, pero todavía no sabemos).

Así, lo que podríamos llamar “acto” y “producción” irrumpen en la hoja como dos momentos esenciales.

Hay evidencia fisiológica en el “acto”. La escritura puede reducir la tensión arterial e incrementa el nivel de linfocitos circulantes en el torrente sanguíneo; es decir que aumentan las células responsables de la respuesta inmunitaria.

En 1999, un estudio de la Revista de la Asociación Médica Americana, de EE.UU., fue el primero en examinar los efectos de la escritura en enfermos. Los investigadores encontraron que los pacientes con asma que habían escrito sobre experiencias tales como accidentes automovilísticos, abuso físico, divorcio o sexualidad habían logrado mejorar su función pulmonar en promedio en un 19 por ciento. Por otra parte, en pacientes con artritis reumatoidea los síntomas mejoraron en un 28 por ciento.

En la “producción”, en materia psicológica, la escritura fuerza al hombre a romper con la tormenta de pensamientos ocultos y recurrentes y lo ayuda a concretar lo que siente. Al conocer, disminuye la incertidumbre, toma conciencia, descubre, libera, comienza a sanar.

¿Qué escribió el hombre de la película? Sólo él lo sabe. Tal vez necesite compartirlo; tal vez no. ¿Cuál sería el argumento de la película que hoy escribiríamos cada uno de nosotros?

En primera persona

Mónica Bruder tuvo la suerte de estudiar y trabajar con James Pennebaker, profesor en la Universidad de Texas y pionero en este campo de estudio; él desarrolló con sus colaboradores distintas técnicas de escritura terapéutica que se vienen utilizando en la investigación clínica.

Pennebaker propone escribir, en primera persona, la situación más traumática que nos haya tocado vivir. Así, comienza la catarsis, el desahogo.

Pennebaker comparte con cientos de profesionales de la salud que “la descarga de las emociones mediante los gritos, el llanto, la risa u otros medios puede mejorar de manera permanente la salud psicológica y física. Es importante que los individuos expresen libremente sus emociones. Guardarse de manera activa los sentimientos puede ser estresante”.

“La muerte de un ser querido, el divorcio, la pérdida de trabajo, las enfermedades terminales y otras crónicas, como el asma y la diabetes, suelen ser los eventos traumáticos más recurrentes en la clínica”, detalla Bruder.

Cada día, más escuelas de salud mental coinciden con la idea de que una enfermedad física guarda estrecha relación con lo psicológico. Es en este escenario donde la por entonces cuestionada pareja “cuerpo-mente” parece coincidir en un baile armonioso al compás del lápiz. “Con la escritura terapéutica regulamos los procesos mentales, avivamos la actividad creativa y se amplían las posibilidades de hacer productiva la actividad neuronal”, señala Bruder. Con las neuronas trabajando a favor del bienestar, el cerebro le ofrece al organismo la energía necesaria para sobrevivir.

La propia Mónica Bruder vivió en carne propia la experiencia más simple y sorpresiva: “Tenía que dar una conferencia en un hospital. Era inevitable que me encontrase en el lugar con alguien con quien estaba profundamente enojada después de una situación límite. Me broté. Faltaban horas para la conferencia y el sarpullido era algo cada vez más rojo e insoportable. Empecé a escribir en papelitos todo lo que no le debería haber dicho a quien provocó mi alergia. A la mañana siguiente, ya no había comezón ni rastros”.

Confesiones a la carta

Así como hoy podemos jugar con la idea de que todo empezó en las cavernas, se registra que desde el Renacimiento muchas personas tomaron el hábito de escribir diarios personales, cartas de amor, experiencias reales o imaginarias. Sin embargo, recién en los últimos 20 años los expertos han comprobado que las personas que escriben acerca de sus experiencias más dolorosas no sólo se sienten mejor, sino que visitan al doctor con menos frecuencia e incluso tienen respuestas inmunológicas más fuertes. Escribir en primera persona parece ser el acto más puro de escritura terapéutica.

Diarios íntimos que devinieron en blogs. Cartas que hoy viajan en e-mails. Libros, autobiografías que siguen apareciendo como ofertas de autoayuda tanto para quien las escribe como para quien las lee.

Los seres humanos han sido capaces de producir grandes obras literarias en momentos conflictivos de su vida. La mayoría de los escritores de profesión, y también los aficionados, parten de sus propias experiencias traumáticas o dolorosas.

Imre Kertész, premio Nobel de Literatura 2002, y sobreviviente de los campos nazis, declaró -en un artículo publicado en LA NACION- cuando obtuvo su premio máximo: “No poseo otra identidad que el escribir. La escritura nos permite tomar conciencia de que no tenemos que ver con nosotros mismos. El hombre actual tiende a olvidar”.

Todos conocemos el valor de la obra de Ana Frank. Los diarios íntimos de aquella adolescente judía, víctima del régimen nazi, que vivió escondida con su familia y otras personas en la parte trasera de una oficina. “Por eso, al final siempre vuelvo a mi diario: es mi punto de partida y mi destino (…) Le prometeré que, a pesar de todo, perseveraré, que me abriré mi propio camino y me tragaré mis lágrimas”, escribió en una de sus páginas.

Claro está que la escritura es una herramienta perfecta para las almas con intenciones de resiliencia. Así como los relatos durante y después del Holocausto, los argentinos debemos hacernos cargo de tantos escritos terapéuticos que dejaron muchos sobrevivientes y tantos muertos durante el Proceso militar.

La memoria es otro efecto positivo y fundamental de la escritura terapéutica. Quien escribe adquiere y recuerda información. Cuando uno escribe permite que esa información permanezca viva y latente.

“La mía es una vida de mierda. En realidad, yo escribo porque si no estaría en el Moyano. En una silla. Hamacándome”, decía quien perdió a su madre en un accidente cuando tenía sólo 8 años. Creció enojada por haber perdido el arrope más seguro. Cuando tenía 20, nació su hija Verónica. Desde ese día, empezó a escribir un libro que, seis años después, la haría famosa.

“Que me tenga, que me tenga mucho. Que se llene de mí. Que me respire. Que me toque. Que me obligue a quererla con toda mi alma y mi cuerpo también. Que me diga «mamita no te vayas». Que me lo diga para que yo me quede”, escribió Poldy Bird en Cuentos para Verónica, el segundo libro más vendido después del Martín Fierro.

Poldy quedó viuda a los 36 años. Los libros que siguió escribiendo la mantuvieron en pie. En octubre de 2008, Verónica murió en forma súbita. Fue un ataque cerebral. Entonces Poldy escribió: “Todo lo alumbra su nombre. Porque ella usaba zapatitos de charol con medias blancas…”.

La vida es cuento

Así como Pennebaker propone escribir en primera persona para superar situaciones traumáticas y alcanzar el bienestar psicológico, la doctora Mónica Bruder propone dar un paso más allá. Escribir un cuento con final feliz puede convertirse en una receta terapéutica más creativa, más beneficiosa.

“Se entiende por cuento terapéutico todo cuento escrito por un sujeto a partir de la situación traumática más dolorosa que haya vivido y cuyo conflicto concluye con final «feliz» o positivo; la situación traumática vivida en el pasado se resuelve positivamente en el cuento”, define Bruder.

En todo cuento terapéutico hay un conflicto que se resuelve. La escritura de un cuento terapéutico puede ser comparada con las etapas de un tratamiento psicológico. Cuando uno busca ayuda terapéutica tiene un motivo de consulta, se establece un camino para enfrentar el conflicto y se llega o se debería llegar a una elaboración de esa “cuestión o inquietud” que nos llevó a la terapia. Cuando se escribe un cuento terapéutico hay una introducción, un conflicto, una resolución.

“Los personajes del cuento representan al autor de dicho cuento -explica Bruder-. Los diferentes personajes son los distintos aspectos de ese Yo que escribe. Este juego de persona/personaje ayudaría a provocar este cambio en el bienestar de los sujetos.”

Cuando se escribe en tercera persona, suelen aparecer temas que nunca pudieron ser abordados con anterioridad por quien escribe. Poner el nudo del conflicto en la ropa de otro personaje no es lo mismo que cargar con ese traje gris y pesado.

“El conflicto que se resuelve en el cuento terapéutico se presenta como una fotografía, como una condensación de lo vivido traumáticamente por el sujeto y que termina finalmente”, asegura Bruder, quien está convencida de que “el cuento terapéutico es afecto”.

“Al señalar que el cuento es afecto -explica-, se incluyen tanto los afectos positivos como los negativos. Siguiendo las líneas de investigación actuales de la psicología salugénica, centrada en la salud y no en la enfermedad, se considera que el final feliz o positivo le permite al sujeto creador de ese cuento conectarse con los aspectos más saludables de su persona.”

¿Qué película escribiríamos hoy sobre nuestra vida? ¿Qué cuento? ¿Qué blog, qué diario, qué frase, qué idea? Lápiz y papel siempre a mano. Una palabra escrita puede bastar para sanarnos.

Por Eduardo Chaktoura

Con letra de molde

  • A los pocos meses de casarse, Paula, la hija de la escritora Isabel Allende, ingresó de urgencia en el Hospital Clínico de Madrid en estado de coma irreversible. Su madre vivió el calvario junto a ella. Allende escribió la novela Paula para liberar su eterno dolor, sus angustias y sus miedos: “Escucha, mamá [...]. Vengo a pedirte ayuda…, quiero morir y no puedo. [...] estoy atrapada. En mi cama sólo está mi cuerpo sufriente desintegrándose día a día [...] pero nadie me escucha. Estoy muy cansada. ¿Por qué todo esto?”
  • “Escribir me dio la calma, la fortaleza que me salvó de la locura”, confiesa la actriz María Valenzuela. En 2003, su hija Malena, entonces con 19 años, sufrió un aneurisma cerebral que la llevó a vivir 13 días en un preocupante coma farmacológico. “Sabía que Malena iba a despertar en algún momento -cuenta Valenzuela-, y ella tenía que saber todo lo que estaba pasando. No quería que en su historia quedara un agujero negro. No quería que la memoria frágil nos traicionara y que tantas cosas que vivimos quedasen en el olvido. Estaba escribiendo para mi princesa.”
  • La entrevista a Poldy Bird publicada por LN R el 28 de octubre pasado permite coronar esta idea de “escribir para salvar vidas”. “Escribía todo lo que iba pasando -recuerda-. Mi cuaderno y yo íbamos juntos a todas partes. Escribía (…) hasta en el baño, que era el único lugar donde me permitía escribir y llorar al mismo tiempo. Cuando lograba dormir, guardaba el cuaderno bajo el colchón, escondido como un tesoro.”

Consejos prácticos para escribir

Cualquier momento es válido para volcar sobre el papel esa idea o sentimiento que nos da vueltas en la cabeza y en el resto del cuerpo. No hay contraindicaciones, pero los que necesitan sugerencias para una práctica más precisa y terapéutica, tomen nota:

  • Encuentre un espacio y tiempo para escribir sin interrupciones.
  • Prométase escribir un mínimo de 15 minutos diarios, por lo menos durante 3 o 4 días seguidos.
  • Una vez que empezó, escriba continuamente, sin preocuparse por gramática u ortografía. Si se le acaban los temas, repita lo que ya escribió.

Escriba acerca de:

  • Temas en los que está pensando mucho, o que le preocupan.
  • Cosas con las que sueña.
  • Cuestiones que están afectando su vida de modo no saludable.
  • Temas que ha venido evitando por días, meses o años.
  • Escriba con absoluta honestidad.

Para ello, conviene planear deshacerse de lo escrito al terminar. Luego se verá: puede guardarlo, editarlo, borrarlo, quemarlo, romperlo o comerlo (no recomendado).

(Extraído de: Pennebaker, James W., Writing and Health: Some Practical Advice)

35 ideas para la escritura creativa
Carmen María | July 27, 2010 | 9:57 am

Autor anónimo

  1. Copiar en fichas todos los finales que se nos ocurran para un relato así como sus inicios, probar todas las combinaciones posibles y elegir la más eficaz.

  2. Contemplar la vida, los hechos, los sentimientos, las cosas, las palabras… con actitud de asombro, de extrañeza, y escribir a partir de las nuevas percepciones que así tengamos de todo ello.

  3. Inventar nuevas formas de enfocar nuestros actos cotidianos y escribir sobre ellos.

  4. Mirar los objetos de nuestra casa como si pertenecieran a otro mundo y escribir sobre la nueva forma de percibirlos.

  5. Inventar un mundo en el que las personas hablen con las cosas y las cosas hablen entre sí.

  6. De entre todas las ideas que se agolpan en nuestra mente, apuntar una; la más simple, la más atractiva o la primera que podamos atrapar, sin preocuparnos por perder las restantes en el camino.

  7. Es bueno relajarse unos minutos antes de comenzar a escribir, concentrarse en la respiración, para dejar fluir los pensamientos; coger al vuelo palabras que pasen por la mente y llevarlas a la página.

  8. Se puede trabajar con listas existentes, tales como las del listín telefónico, la carta de un restaurante o la cartelera de los cines.

  9. Plantearse la mayor cantidad posible de formas de soledad existentes para desarrollar en un texto la que más nos conmueva.

  10. Observar lugares bucólicos y describirlos. Extraer noticias truculentas de periódicos sensacionalistas y ambientar los sucesos en dichos lugares.

  11. Estar alerta cuando nos sentimos angustiados para rescatar aquellas imágenes que dan forma a la angustia.

  12. Escribir sin estar pendientes del calendario, del reloj ni de lo que consigamos; simplemente, hacerlo.

  13. Escribir sobre un tema, elegido a conciencia, que nos produzca la más intensa e íntima liberación.

  14. Imaginar varias situaciones que ocurren en distintos lugares a la misma hora como método para contar algo desde distintos puntos de vista.

  15. Repetir un mismo itinerario mental en distintas ocasiones para comparar resultados y recoger la mayor cantidad posible de material vivencial.

  16. Imaginar un viaje de afuera hacia adentro y otro de adentro hacia fuera de uno mismo y escribir “durante” el viaje.

  17. Planificar un viaje interior por el territorio que sea más propicio para las representaciones imaginarias.

  18. Practicar el aislamiento durante un período programado de tiempo que puede ir desde un día completo hasta una semana, un mes… y anotar lo que experimentamos en ese lapso.

  19. Encontrar las palabras que más placer nos produzcan o más significaciones nos provoquen para constituirlas en componentes de una imagen.

  20. Apelar a nuestros sentidos diferenciando aromas, sabores, sonidos, observaciones y sensaciones táctiles de todo tipo para incluir en nuestra lista para constituir imágenes.

  21. Dividir un objeto en el mayor número posible de piezas que lo componen para jugar con ellas en un texto, llamando al objeto por el nombre de algunas de esas piezas o partes.

  22. Inventar situaciones, personajes, conceptos que nos permitan transgredir las funciones del lenguaje.

  23. Reunir todo tipo de géneros y discursos y a partir del contraste entre dos de ellos, para constituir una narración: noticias periodísticas, telegramas, poemas, diálogos escuchados al pasar, etcétera.

  24. Analizar todo tipo de palabras buscando la mayor cantidad de explicaciones posibles que en torno a ellas nos aporta material para un texto o nos permite, directamente, constituir el texto.

  25. Prestar atención a los episodios cotidianos, y convertir cada mínimo movimiento ocurrido en un espacio común -un bar, el metro, un edificio, la playa- en un episodio capaz de desencadenar otros muchos.

  26. Elegir momentos a distintas horas del día y describir todo lo que sentimos y lo que sucede a nuestro alrededor, más cerca y más lejos.

  27. Inventariar palabras a partir del alfabeto y crear entre ellas un itinerario, el esqueleto de una historia.

  28. Tomar todo tipo de secretos: un “secreto de familia”, un “secreto de confesión”, “el secreto de estado”, “el secreto profesional”, como motores de un texto.

  29. Hurgar en nuestro mundo interior, rescatar de él algún aspecto que no nos atrevemos a expresar y ponerlo en boca de un personaje.

  30. Confeccionar una lista de afirmaciones y otra de negaciones como posible material para un texto en el que se omita algo específico.

  31. Invertir el mecanismo lógico: secreto/confesión, es una manera de enfrentar la ficción. En consecuencia, partir de una confesión para luego inventar el secreto.

  32. Emborronar folios durante diez minutos exactos cada día. Al cabo de cada mes (y por ninguna razón antes) leer lo apuntado. Dicha lectura constituirá una grata sorpresa para su autor. Dado que escribió asociando libremente, el material acopiado será heterogéneo y muy aprovechable para ser transformado en texto literario.

  33. Contar lo diferente y no lo obvio de cada día.

  34. Trazarse un boceto de escritura “en ruta” y atrapar las ideas susceptibles de ser incorporadas a nuestra futura obra.

  35. Recopilar anécdotas ajenas y apropiarse de algún detalle de cada una o de su totalidad.

La nota del laúd
Carmen María | July 20, 2010 | 4:00 pm

Escribir exige pensar. Uno debe deliberar, planear, inferir consecuencias posibles, hacer supuestos, probar alternativas y realizar otras actividades mentales que tienen que estar cuidadosamente coordinadas. En gran medida, los criterios para una buena escritura son los mismos que para el pensamiento lógico. Sin embargo, escribir implica también consideraciones como la gracia y la sorpresa, la textura y el ritmo, la palabra y la inteligencia, sobre las cuales la lógica tiene poco o nada que ver.

Matthew Lipman

Notas sobre el arte de escribir cuentos
Carmen María | July 15, 2010 | 4:06 pm

H.P. Lovecraft

La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas (escenas, arquitecturas, paisajes, atmósfera, etc.), ideas, ocurrencias e imágenes. Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El terror y lo desconocido están siempre relacionados, tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror. La razón por la cual el factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis cuentos es debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero como la cosa más profunda, dramática y terrible del universo. El conflicto con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana.

Mi forma personal de escribir un cuento es evidentemente una manera particular de expresarme; quizá un poco limitada, pero tan antigua y permanente como la literatura en sí misma. Siempre existirá un número determinado de personas que tenga gran curiosidad por el desconocido espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la morada-prisión de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones encantadas llenas de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los sueños pueden acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla de fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol. Entre esta clase de personas apasionadas por los cuentos fantásticos se encuentran los grandes maestros -Poe, Dunsany, Arthur Machen, M. R. James, Algernon Blackwood, Walter de la Mare; verdaderos clásicos- e insignificantes aficionados, como yo mismo.

Sólo hay una forma de escribir un relato tal y como yo lo hago. Cada uno de mis cuentos tiene una trama diferente. Una o dos veces he escrito un sueño literalmente, pero por lo general me inspiro en un paisaje, idea o imagen que deseo expresar, y busco en mi cerebro una vía adecuada de crear una cadena de acontecimientos dramáticos capaces de ser expresados en términos concretos. Intento crear una lista mental de las situaciones mejor adaptadas al paisaje, idea, o imagen, y luego comienzo a conjeturar con las situaciones lógicas que pueden ser motivadas por la forma, imagen o idea elegida.

Mi actual proceso de composición es tan variable como la elección del tema o el desarrollo de la historia; pero si la estructura de mis cuentos fuese analizada, es posible que pudiesen descubrirse ciertas reglas que a continuación enumero:

1) Preparar una sinopsis o escenario de acontecimientos en orden de su aparición; no en el de la narración. Describir con vigor los hechos como para hacer creíbles los incidentes que van a tener lugar. Los detalles, comentarios y descripciones son de gran importancia en este boceto inicial.

2) Preparar una segunda sinopsis o escenario de acontecimientos; esta vez en el orden de su narración, con descripciones detalladas y amplias, y con anotaciones a un posible cambio de perspectiva, o a un incremento del clímax. Cambiar la sinopsis inicial si fuera necesario, siempre y cuando se logre un mayor interés dramático. Interpolar o suprimir incidentes donde se requiera, sin ceñirse a la idea original aunque el resultado sea una historia completamente diferente a la que se pensó en un principio. Permitir adiciones y alteraciones siempre y cuando estén lo suficientemente relacionadas con la formulación de los acontecimientos.

3) Escribir la historia rápidamente y con fluidez, sin ser demasiado crítico, siguiendo el punto (2), es decir, de acuerdo al orden narrativo en la sinopsis. Cambiar los incidentes o el argumento siempre que el desarrollo del proceso tienda a tal cambio, sin dejarse influir por el boceto previo. Si el desarrollo de la historia revela nuevos efectos dramáticos, añadir todo lo que pueda ser positivo, repasando y reconciliando todas y cada una de las adiciones del nuevo plan. Insertar o suprimir todo aquello que sea necesario o aconsejable; probar con diferentes comienzos y diferentes finales, hasta encontrar el que más se adapte al argumento. Asegurarse de que ensamblan todas las partes de la historia desde el comienzo hasta el final del relato. Corregir toda posible superficialidad -palabras, párrafos, incluso episodios completos-, conservando el orden preestablecido.

4) Revisar por completo el texto, poniendo especial atención en el vocabulario, sintaxis, ritmo de la prosa, proporción de las partes, sutilezas del tono, gracia e interés de las composiciones (de escena a escena de una acción lenta a otra rápida, de un acontecimiento que tenga que ver con el tiempo, etc.), la efectividad del comienzo, del final, del clímax, el suspenso y el interés dramático, la captación de la atmósfera y otros elementos diversos.

5) Preparar una copia esmerada a máquina; sin vacilar por ello en acometer una revisión final allí donde sea necesario.

El primero de estos puntos es por lo general una mera idea mental, una puesta en escena de condiciones y acontecimientos que rondan en nuestra cabeza, jamás puestas sobre papel hasta que preparo una detallada sinopsis de estos acontecimientos en orden a su narración. De forma que a veces comienzo el bosquejo antes de saber cómo voy más tarde a desarrollarlo.

Considero cuatro tipos diferentes de cuentos sobrenaturales: uno expresa una aptitud o sentimiento, otro un concepto plástico, un tercer tipo comunica una situación general, condición, leyenda o concepto intelectual, y un cuarto muestra una imagen definitiva, o una situación específica de índole dramática. Por otra parte, las historias fantásticas pueden estar clasificadas en dos amplias categorías: aquellas en las que lo maravilloso o terrible está relacionado con algún tipo de condición o fenómeno, y aquéllas en las que esto concierne a la acción del personaje con un suceso o fenómeno grotesco.

Cada relato fantástico -hablando en particular de los cuentos de miedo- puede desarrollar cinco elementos críticos: a) lo que sirve de núcleo a un horror o anormalidad (condición, entidad, etc,); b) efectos o desarrollos típicos del horror, c) el modo de la manifestación de ese horror; d) la forma de reaccionar ante ese horror; e) los efectos específicos del horror en relación a lo condiciones dadas.

Al escribir un cuento sobrenatural, siempre pongo especial atención en la forma de crear una atmósfera idónea, aplicando el énfasis necesario en el momento adecuado. Nadie puede, excepto en las revistas populares, presentar un fenómeno imposible, improbable o inconcebible, como si fuera una narración de actos objetivos. Los cuentos sobre eventos extraordinarios tienen ciertas complejidades que deben ser superadas para lograr su credibilidad, y esto sólo puede conseguirse tratando el tema con cuidadoso realismo, excepto a la hora de abordar el hecho sobrenatural. Este elemento fantástico debe causar impresión y hay que poner gran cuidado en la construcción emocional; su aparición apenas debe sentirse, pero tiene que notarse. Si fuese la esencia primordial del cuento, eclipsaría todos los demás caracteres y acontecimientos, los cuales deben ser consistentes y naturales, excepto cuando se refieren al hecho extraordinario. Los acontecimientos espectrales deben ser narrados con la misma emoción con la que se narraría un suceso extraño en la vida real. Nunca debe darse por supuesto este suceso sobrenatural. Incluso cuando los personajes están acostumbrados a ello, hay que crear un ambiente de terror y angustia que se corresponda con el estado de ánimo del lector. Un descuidado estilo arruinaría cualquier intento de escribir fantasía seria.

La atmósfera y no la acción, es el gran desiderátum de la literatura fantástica. En realidad, todo relato fantástico debe ser una nítida pincelada de un cierto tipo de comportamiento humano. Si le damos cualquier otro tipo de prioridad, podría llegar a convertirse en una obra mediocre, pueril y poco convincente. El énfasis debe comunicarse con sutileza; indicaciones, sugerencias vagas que se asocien entre sí, creando una ilusión brumosa de la extraña realidad de lo irreal. Hay que evitar descripciones inútiles de sucesos increíbles que no sean significativos.

Éstas han sido las reglas o moldes que he seguido -consciente o inconscientemente- ya que siempre he considerado con bastante seriedad la creación fantástica. Que mis resultados puedan llegar a tener éxito es algo bastante discutible; pero de lo que sí estoy seguro es que, si hubiese ignorado las normas aquí arriba mencionadas, mis relatos habrían sido mucho peores de lo que son ahora.

Evitando lugares comunes
Carmen María | July 11, 2010 | 3:00 pm

Cuando era niña y vivía en la zona montañosa de Veracruz, era fácil saber por dónde correría el río la próxima vez que se desbordara: por las mismas calles  inclinadas de siempre. El río no suele ser original, se va por el camino fácil,  y gracias a ello es predecible. Las mentes humanas lo son también. Solemos usar las mismas frases para hablar, las muletillas de siempre, los verbos fáciles. El reto de la escritura consiste en comunicar, en buscar nuevos caminos para que el río corra, es decir: nuevas formas y más efectivas para trasmitir efectivamente ideas y sentimientos.

En escritura se conoce como lugar común, o frase hecha, a una expresión o enunciado que no se lee auténtico u original, sino que por lo contrario, ofrece una descripción simplista de algo que tal vez merezca ser más matizado. Los lugares comunes han sido usados hasta el cansancio, y su utilización es muy socorrida en  las letras de canciones pop, en las expresiones cargadas de sentimentalismo y en las cartas de amor.

Caer en el uso de un lugar común es fácil. Requiere poco esfuerzo mental, y a veces poco cuidado en la expresión. Por haberlas leído o escuchado con frecuencia, a veces sin estar conscientes de ello,  es muy posible que se cuelen en nuestro próximo escrito.  En ocasiones, podemos creer que una frase determinada le dará fuerza al texto, o lo hará más lírico. ¡Gran error! Lo que hace más efectiva a la poesía es la forma original de usar el lenguaje para expresar mejor algo, y NUNCA el uso y abuso de expresiones como:

Nuestro querer. Tu ser. Su palpitar. Mi anhelo. Nuestro destino. La noche oscura. El silencio atronador.  El vacío.  Mis sueños idos. Este amor profundo. Si te perdiera.

¿Cómo evitar los lugares comunes? En primer lugar, haciéndonos consientes de cuáles son. También es necesario revisar, (sí, una vez más) nuestro escrito tratando de detectar si:

¿Es sorprendente?
¿Me gusta cada vez que lo leo?
¿Dice algo que yo no sabía antes de sentarme a escribir?
¿Me levanto después de escribirlo sintiendo un cambio en mí?
¿Es realmente mío el escrito o lo he robado de alguna parte? (Esto sucede algunas veces aunque es comparativamente raro).
¿Está escrito con mi propia “voz”?
¿Hay alguna torpeza, golpe bajo, exigiendo atención por medios ilegítimos: exhibicionismo, preciosismo, seudoprofundidad, trucos viejos, fragmentos de sueños no asimilados u otra basura “literaria”?
¿Mi texto está libre de esto?
¿Es la clase de escrito que le envidiaría a otro?

Texto de Kennet Koch, en “El arte de la poesía”
Diez reglas de oro de la novelista Zadie Smith
Carmen María | June 28, 2010 | 7:26 am

De la serie Reglas para Escritores (Rules for Writers) del periódico The Guardian, hoy publicamos las diez reglas de oro de la joven novelista, Zadie Smith, autora de White Teeth y The Autograph Man y ganadora del Orange Prize for Fiction en 2006 por la obra On Beauty. (Traducción y publicación original de Ediciona).

1. Mientras seas pequeño, asegúrate de leer muchos libros. Dedica más tiempo a la lectura que a cuaquier otra actividad.

2. De adulto, intenta leer tu propio trabajo como lo leería un extraño. Mejor aún, como lo leería un enemigo.

3.  Evita enfundar tu “vocación” de romanticismos. O eres capaz de escribir buenas oraciones, o no. No existe nada parecido a un “estilo de vida de escritor”, lo único que importa es lo que dejes en la página.

4. Evita tus debilidades. Pero no lo hagas diciéndote a ti mismo que no vale la pena realizar aquellas cosas que eres incapaz de hacer. No enmascares tus carencias con el desprecio.

5. Deja que pase un tiempo decente entre el proceso de escritura y el de edición.

6. Evita las camarillas, las pandillas y los grupos. La presencia de la manada no hará que mejores como escritor.

7. Trabaja en un ordenador que no tenga conexión a Internet.

8. Proteje el tiempo y el espacio en el que escribes. Mantén a todo el mundo lejos de tu espacio de trabajo, incluso a las personas que son más importantes para ti.

9. No confudas premios con logros.

10. Di la verdad. A través de cualquier forma en la que se te revele, pero dila. Resígnate a la eterna tristeza que proviene de nunca quedar satisfecho.

Ver también:
Las diez reglas de oro de Margaret Atwood
Las diez reglas de oro de Rose Tremain

Escritura como movimiento, como camino
Carmen María | June 25, 2010 | 10:43 am

por María Teresa Andruetto

Texto de la ponencia presentada por la autora en el I Congreso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil organizado por el Centro de Propagación de Literatura Infantil y Juvenil (Ce.Pro.Pa.L.I.J.), de la Universidad Nacional del Comahue (Cipolletti, provincia de Río Negro, setiembre de 2001).

Cuál es el lugar de un escritor. Si lugar
significa influencia, importancia práctica,
el arte no ocupa ningún lugar. Utopía
significa precisamente eso: no lugar,
ningún lugar. Un escritor no es sólo un
señor que publica libros y firma contratos
y aparece en televisión. Un escritor es,
un hombre que establece su lugar
en la utopía.
Abelardo Castillo

Entre los africanos, cuando un narrador llega al final de un cuento, pone su palma en el suelo y dice: aquí dejo mi historia para que otro la lleve. Cada final es un comienzo, una historia que nace otra vez, un nuevo libro. Así se abrazan quien habla y quien escucha, en un juego que siempre recomienza y que tiene como principio conductor, el deseo de encontrarnos alguna vez completos en las palabras que leemos o escribimos, encontrar eso que somos y que con palabras se construye. Para escribir una y otra vez lo que nos falta, la escritura nos conduce a través del lenguaje, como si el lenguaje fuera —lo es— un camino que nos llevara a nosotros mismos.

Escritura entonces como movimiento, como camino para quien escribe y para quien lee. Camino, migración de un sitio a otro.

Hija de un partisano que llegó desde Italia a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial y mujer de un hombre que debió asilarse en un país europeo durante la pasada dictadura, me fueron narrados con persistencia los cuentos y las cuentas del desarraigo, los costos de pasar de una cultura a otra, de un mundo a otro. Volverse adulto es también haber migrado. Y la migración misma, esa zona de pasajero en tránsito, ese tiempo que hemos dado en llamar adolescencia.

Cuando yo era chica
los corredores eran largos
las mesas altas
las camas enormes.
La cuchara no cabía
en mi boca
y el tazón de sopa
era siempre más hondo
que el hambre.
Cuando yo era chica
sólo gigantes vivían
allá en mi casa
menos mi hermano y yo
que éramos gente grande
venida de Lilliput.

Migrar de un mundo a otro y adolecer, vivir lleno de faltas en el tránsito. Abandonos precarios, de frase en frase, de sitio en sitio, con la mano extendida a un otro que preste su voz y haga que lo escrito viva. El camino que trazamos sobre la página es el viaje de un deseo: palabra conquistada y a la vez mano extendida, ruego, invitación, pérdida brutal de la palabra.

El que migra, y toda escritura es migración, va hacia un habla que jamás le será dada. De esa pérdida se forma el escribir Falta y no otra cosa es lo que tenemos al comienzo de cada proyecto. Se escribe porque no se sabe, no se comprende. Se escribe para confirmar una y otra vez que no se sabe, que no se comprende. Quien escribe busca una forma para eso que no tiene forma y que por eso es incomprensible, busca un continente para un contenido que siempre se desborda. Y lo que encuentra es una voz apenas, susurro de lo que no se sabe decir, de lo que no se puede decir, de lo que nadie enseña a decir.

¿Por qué escribir entonces en busca de lo que se nos está negado? Para un buscador de oro, el placer está en buscar. Un escritor es un buscador cuyo placer más puro es encontrar entre miles de palabras, las palabras. Esa es la única explicación que he encontrado para mí a lo largo de los años. Cuando dejamos de buscar, cuando se pacifica la relación con el lenguaje, éste deja de decir nuestra falta, eso que nos largó al camino de la escritura. Deja de decir y de decirnos; se vuelve contra nosotros.

¿Un escritor domina las palabras? Más bien se podría decir que un escritor tiene problemas con las palabras, que las ha convertido en su problema. Encuentro y pérdida permanente, palabras bailando en una boca muda. Así, como quien no puede pero de igual modo lo intenta, el escritor escribe el deseo del otro.

Toda escritura es experimental, ya que constituye, si es genuina, una exploración intensa de la palabra y una experiencia profunda en el seno de uno mismo. La verdadera originalidad, es una huida de la repetición de uno mismo, de la copia de uno mismo; y consiste en entender cada proyecto de escritura como una exploración nueva (nueva para uno, quiero decir) en el seno de la palabra, como una intensificación de la experiencia, porque se escribe contra la lengua, contra lo lingüísticamente correcto, contra lo políticamente correcto, se escribe contra todo y sobre todo contra nosotros mismos, violentando el lenguaje y violentándonos, buscando la salida de eso que somos en las rajas que se producen entre una palabra y otra, buscando aquello que entre una frase y otra, en esa grieta que no es silencio ni voz, aparece .

¿Inventar o descubrir?. Mirar sobre todo. Mirar con intensidad para dar cuenta de lo que se mira, porque la escritura (como la lectura) depende del mundo que se haya contemplado y de la forma sutil en que se ha incorporado la experiencia para percibir la complejidad y el intrincamiento de la apariencia. Porque el arte es un método de conocimiento, una forma de penetrar en el mundo y encontrar el sitio que nos corresponde en él.

¿Apenas si tenemos una frase? Puede ser suficiente para tirar del hilo, para empezar a devanar la historia. Fragmentos, meandros, derivaciones en las que un testimonio se pierde, y entre esos meandros alguien dice la palabra de un comienzo. A veces no hay ni tan siquiera eso y entonces la escritura se evidencia en su condición de pura espera del otro, lenguaje narrando el vacío del otro, boca que espera una escucha, letra ofrecida a los ojos de un lector.

Corregir un texto es un trabajo espiritual, una empresa de rectificación de uno mismo, decía Paul Valery. Corregir entonces para liberarnos de lo adecuado y de lo correcto, de la mimetización con los autores más exitosos, de lo que se vende, de lo que quiere la escuela, de la necesidad de parecer escritores, del deseo de ser inteligentes o informados o… Liberarnos en fin de tantos lastres, para encontrar en algún momento, si se persiste y si se es afortunado, esa moneda de oro que es la vida. Hay sí, una ética de las formas: eso es en su sentido más puro una estética. Trabajar encarnizadamente la forma para que se ajuste al movimiento que traza la vida. Escribir más allá o más acá de las exigencias del mercado. Abrir siempre nuevos espacios personales, exploraciones nuevas de escritura y de lectura. Escribir para el encuentro verdadero con un lector. Escribir siempre para lectores únicos, para decenas o centenas o millares de lectores únicos. Trabajar sobre todo contra la repetición de uno mismo, contra la mercantilización del deseo, contra el vaciamiento de las formas, desde la permanente búsqueda, desde el movimiento permanente, desde el constante desacomodo, aunque se nos haga a menudo cuesta arriba. Escribir en fin para el lector que quisiéramos ser, para un lector que en lo más íntimo de nosotros respetamos más allá de su condición y de su edad, un lector siempre más grande y más intenso que nosotros mismos. Escribir por puro afán de exploración, por el solo deseo de transitar nuestras reservas salvajes. Escribir para buscar, abiertos siempre al descubrimiento, al riesgo, a la sorpresa. Escribir sin miedo a las expulsiones del palacio, ni a las expulsiones del templo, cualesquiera sean los palacios y los templos de turno. Sin miedo al abandono de los lectores, ni al de las editoriales. Sin miedo a quedar fuera de la escuela o del mercado. Sin miedo, en fin. Escribir lejos de la repetición de lo exitoso, producido por los otros o por nosotros. Cuidarnos de todo y, sobre todo, cuidarnos de nosotros mismos. Prescindir de todo lo que no sea el camino. Ser siempre el caminante, el que todavía no ha llegado a destino, el pasajero en tránsito, el que atraviesa la reserva, el buscador de oro, para que la escritura acaso alguna vez sea. Para que alguna vez, tal vez, dibuje un texto y lo haga florecer como un árbol.

¿Para qué escribir, para qué leer, para qué contar, para qué elegir un buen libro en medio del hambre y las calamidades? Escribir para que lo escrito sea abrigo, espera, escucha del otro. Porque la literatura es todavía esa metáfora de la vida que sigue reuniendo a quien dice y quien escucha en un espacio común, para participar de un misterio, para hacer que nazca una historia que al menos por un momento nos cure de palabra, recoja nuestros pedazos, acople nuestras partes dispersas, traspase nuestras zonas más inhóspitas, para decirnos que en lo oscuro también está la luz, para mostrarnos que todo en el mundo, hasta lo más miserable, tiene su destello.

Como aquel pintor de la antigua Corea, de quien se dice que pintaba árboles que los pájaros confundían con verdaderos.