Posts for category ‘Lecturas sugeridas’

La experiencia y su lugar en la escritura
Carmen María | March 18, 2010 | 8:38 am

Por: Mercedes González

El lugar de la escritura es el lugar de la experiencia y, por tanto, un lugar de riesgo.

Si queremos escribir sobre algo es porque ese algo nos importa y su importancia es directamente proporcional al sentido que adquiere ese algo en nuestra vida. Queremos explicar y explicarnos, queremos saber y sabernos: ésa es la razón por la que alguien recurre al lenguaje: la forma de ordenación por excelencia del pensamiento. No se trata, por tanto, de escribir por escribir. Si en un texto literario el autor no se juega nada, no se juega una pregunta que le importa o una experiencia que ha dejado su huella, entonces es muy probable que el texto comunique muy poco.

El lugar de la escritura es, como os decía, un lugar de riesgo. Y se arriesga con lo que uno tiene, qué es lo que sabe (o lo que no sabe) de sí mismo. Significa que a través de un escrito que puede ser ficticio o no, podemos hablar de algo que nos interese, algo que forme parte de nuestra experiencia, que no está compuesta sólo de hechos, sino de pensamientos, de emociones, de obsesiones, de miedos. Además, la propia experiencia también es muchas veces la experiencia vivida por otros, que nos ha impresionado. Experiencia no es sólo la propia, sino también la vicaria. No podemos contar sino desde quienes somos (experiencias, opiniones, emociones…). Ahí residirá o no la singularidad, la originalidad y la potencia de nuestra escritura, no en resolver literariamente un acertijo técnico.

Se trata, en definitiva, de contestar a una pregunta muy simple: ¿Qué queremos decir con esto que estamos contando? Un buen texto ha de estar siempre en condiciones de decir algo al lector. Como digo, no tiene por qué ser algo que nos ha ocurrido, pero sí tendrá que ser algo que nos importe de alguna manera, algo sobre lo que necesitemos preguntarnos, algo sobre lo que podamos dar una respuesta, algo, en definitiva, de lo que nos merezca la pena hablar. Es evidente que podríamos contar todo el proceso de cómo una mujer, por ejemplo, se pinta las uñas, utilizando palabras y recursos maravillosos, sólo por contar eso, sin nada más que decir, sin ninguna intención detrás.  Podéis hacerlo si queréis. Pero es muy seguro que un texto así tendrá muy poco que ver con la buena literatura. Estaremos, sencillamente, haciendo florituras lingüísticas y juegos malabares. La intención del texto, su sentido, es el elemento en torno al cual se articula todo lo demás.

No hay que pensar, por tanto, en la literatura, hay que pensar en la experiencia. Si así lo hiciéramos, sí estaríamos diciendo algo con eso que estamos contando. No se trata de mensajes, ni de moralina, ni de nada parecido, se trata de hablar de algo y no sólo de hablar por hablar. Y si ese algo forma parte de nuestra experiencia, de algo que nos importa, es seguro que podremos tratarlo con más intensidad, con más eficacia, de una manera más singular.

Mercedes González (Madrid, 1964)  Realizó los Cursos de Creación, Especialidades y Técnicas, y Proyectos de la Escuela de Letras De Madrid. Ha impartido cursos del Instituto de la Mujer y otras Instituciones sobre Creatividad y Comunicación, Desarrollo Integral. Lectora en editoriales y premios literarios, ha dirigido el Taller Aldaba de Creación Literaria (Tres Cantos, Madrid) y el Taller de Lectura El Café (Madrid). Ha colaborado en la revista La Modificación y en el libro Cuadernos de Creación Literaria.
Poemas para pegar el refri III
Lúdico Jiménez de Atar | March 11, 2010 | 8:45 am

No siempre coincido con Carmen María para ponernos de acuerdo sobre lo que propondremos para juglar. Ya sé que en estos tiempos lo que vendría bien sería enviarle un mensaje a su teléfono móvil o algo parecido, pero como soy un títere romántico incorregible, (lo de romántico e incorregible por separado) prefiero dejarle un recado de mi puño y letra. Lo hago desde que descubrí que podía enviar recados en forma de poemas, como este de William Carlos Williams:

Escribo sólo para decirte:

Que me comí
las ciruelas
que había en
la heladera.

Y que tú
probablemente
guardabas para
el desayuno.

Perdona
estaban deliciosas
tan dulces
y tan frías.

¿Podrías escribir tú algún recado semejante? ¡Yo creo que sí! Cuando yo era un títere estudiante tenía alguna dificultad para redactar mis tareas…¡pero ninguna para comunicarme por medio de notitas con mis compañeros y compañeras!

Fíjate en la estructura del poemita de Williams y ¡A juglar se ha dicho! No olvides venir a compartirnos tu ejersucio, que aquí lo presumiremos como si esta fuera la orgullosa puerta de un refrigerador.

Ejemplo de Carmen María

Escribo sólo para decirte:

Que descubrí
una libélula
sobrevolando
mi mañana.

Las libélulas
se dice,
son señal
de buenas nuevas.

Abre tu ventana
al mediodía
que ahí estaré
para visitarte.

Ejemplo de Lúdico Jiménez

Escribo sólo para decirte:

Que no pude despegar
mis ojos de botón
de tu vestido.

Se quedarán
cosidos a ti
por culpa
de tu buen gusto.

Qué linda
te ves hoy
tan elegante
y tan magnética.

Poemas para pegar en el refri II

Poemas para pegar en el refri


De las cartas a la literatura
Carmen María | March 4, 2010 | 10:38 pm

Odio las cartas cuidadosamente preparadas, copiadas y vueltas a copiar; yo me siento
a la máquina y dejo correr el vasto río de los pensamientos y los afectos.

Julio Cortázar

¿Quién empezó su aventura con la literatura redactando cartas? Nada influyó tanto en mi inclinación por la escritura como  las cartas de mi infancia.  A pesar de que alguna de sus partes eran fieles copias de modelos que me enseñaron mi madre y la escuela: “”Querida prima, por medio de la presente te saludo esperando que estés bien en compañía de mis tíos y de tu conejo Zinzindorf”. Todo lo demás era un intento muy fresco de relatar mis experiencias del modo más  interesante posible . Así  redacté mis primeras descripciones, conté sucesos dialogados , expresé mis sentimientos de nostalgia y cariño. Mi mejor modelo eran las cartas de mi abuela Clara. Ella era una apasionada lectora y una gran contadora de anécdotas. Escribía sus cartas a máquina, a una velocidad que sorprendería a muchos usuarios de teclados electrónicos. El papel de sus cartas era delgadísimo, pero el peso de sus palabras  enorme. Cuando mi familia se mudó muy lejos de la  abuela, ella nos escribías numerosas misivas donde nos contaba con un estilo encantador, a los nietecitos de alrededor de diez años,  todo lo referente a las mascotas, los primos, las festividades religiosas y la última cosecha de peras. Siempre terminaba con un: “espero tu respuesta”. Y nunca tuvo que esperar mucho.

“Las cartas existen porque el otro es una presencia permanente en nuestras vidas y la relación con ese “otro” toma muchas formas”. Dice la novelista María Tena. ¿Quién no ha visto cambiar estas relaciones por circunstancias como la distancia, los negocios, el amor o el desamor? Es entonces cuando interviene el recurso de la carta, en la que intentamos comunicarnos, dejar un mensaje efectivo, y a pesar de que para ello tenemos que recurrir a nuestro yo más auténtico, toda carta implica tratar al destinatario como si estuviera presente, y eso  ya supone una ficción. Adam Gai, crítico literario israelí, afirma que: “La carta enviada o no, leída o no, no pierde su cualidad comunicativa. Esta relación que se crea, a costa del sentido común, da testimonio de la naturaleza fantástica de la escritura”.

Como son un medio de expresión tan libre y creativo,  las cartas han servido en muchos casos para escribir relatos y novelas, logrando a través del tratamiento epistolar una gran verosimilitud. ¿Cómo se realiza este paso de las cartas personales a los escritos literarios? En primer lugar, introduciendo el elemento de la ficción, por ejemplo, escribiendo en primera persona como si no fuéramos nosotros, sino un personaje con características muy distintas. Para lograr que esto sea convincente, viene el sengundo punto a considerar: evitar los lugares comunes que pululan en tantas cartas, y atrevernos a romper esquemas tanto en la forma del saludo y la despedida, como en la narración del mensaje. El escribir cartas ficticias nos ayuda a sumergirnos en un proceso de creación que toma lo mejor de nuestras experiencias y  nuestro imaginario para comunicarnos efectivamente, (aunque en forma por demás indirecta) con nuestros lectores. Esta forma de redacción mantiene a nuestra “mano editora” a buen resguardo mientras dura ese “correr de sentimientos y afectos” que dice Cortázar. Después tenemos todo el tiempo para confeccionar una linda prenda con tanta tela de dónde cortar.

¿Sugerencia  final? Leer relatos o novelas epistolares. En mi caso, nada puede ser más motivador. Cada vez que leo una obra literaria que usa como recurso las cartas, me siento inspirada no sólo para escribirles a mis amigos y familia, sino para escribir en general, para expresarme, para comunicarme.

Para compartir:

¿Cuál es tu experiencia en la escritura de cartas? ¿Has redactado o leído una carta que haya cambiado tu vida? ¿Te han inspirado las cartas para intentar otro tipo de textos?

Una novela epistolar: La sociedad Literaria y del Pastel de Cáscara de Papa.

Relato: Sobremesa, de Julio Cortázar.

¿Por dónde se filtra la inspiración?
Carmen María | February 22, 2010 | 7:07 am

Rafael Vázquez Suárez (@nohubounavez en twitter) , filósofo de formación y escritor por vocación, hace un profundo análisis de los caminos por donde seguimos a la inspiración  para desembocar en un texto escrito.

Yo siempre he trabajado con chicos conflictivos  en centros terapéuticos, donde se supone que debemos arreglar los desaguisados que la sociedad ha hecho en sus jóvenes cabezas. En estos espacios de contención emocional tienen lugar multitud de situaciones límite en que salen a la luz todas las excrecencias que estos chicos llevan dentro.
También innumerables anécdotas llenas de infinito significado.

Recuerdo una vez en que un niño de unos 13 años, musulmán, no paraba de insistir en que les llevase a pasear por la montaña a él y a otros compañeros de su misma edad. A mí se me ocurrió decirle “no hace falta ir a la montaña, si entre todos tenemos mucha fe ello, la montaña vendrá a nosotros”. El chico se quedó mirándome. Yo también le miraba para observar su reacción. De pronto dijo: “yo tengo mucha fe, mira, mira, por allí viene la montaña a nosotros”. Y nos reimos los chicos, yo y otros educadores que andaban por allí y habían oido la conversación. Ni qué decir tiene que luego todos fuimos de excursión a disfrutar de la montaña.

En otra ocasión un chico de unos 14 años estaba castigado con no levantarse de la mesa hasta que no diese buena cuenta del pescado que había para la cena. Ya todos los compañeros habían terminado de cenar y él seguía con el pez intacto en el plato. No paraba de quejarse. Me preguntó “si lo como vomito, ¿quieres que vomite, es eso?” Yo le dije, para quitar hierro a la cosa, “si no quieres el pescado comete por lo menos las espinas no?”. Él se rió y a continuación volvió a revolver con el tenedor el maldito pescado. Bueno, al final hicimos un pacto para que se comiese solo lo que yo le separé en el plato. Y más o menos funcionó. Cada una de estas anécdotas dio lugar a tuits de los que luego dejé constancia en twitter y por él tienen que andar.

¿Cómo surgen estos fulgores creativos? No es fácil determinarlo.  Mi parecer es que surgen siempre en un contexto de connotaciones entre las cuales descubrimos de pronto algún tipo de conexión llamativa o paradójica: por ejemplo nos estamos duchando y por alguna razón comenzamos a desarrollar imaginativamente el proceso del baño: el agua cayendo sobre la piel, atravesando el cauce del cuerpo y desapareciendo por el desagüe. En estas circunstancias hay una multitud de significados y connotaciones relacionados con el contexto de la ducha: agua, limpieza, purificación, piel… son todos ellos elementos que se relacionan; elementos que a su vez se relacionan con otros. En este relacionarse y construir metáforas, imágenes, es donde surgen de pronto las conecciones llamativas.

Volvamos al ejemplo: el agua limpia, purifica (“purificar” tiene un elemento espiritual, referido a cuerpo y alma, ya tenemos que el agua limpia el alma), pero si el agua puede purificar, empaparse de excrecencias espirituales, significa que ella misma puede llevarlas consigo y por tanto ensuciarnos con las suyas propias ¡desaguándolas en los poros de nuestra piel! ¿A dónde nos lleva todo esto? Tenemos que las minificciones se construyen en un contexto o universo de connotaciones, significados interrelacionados. Estos términos se asocian a su vez con metáforas que dentro del marco contextual dan lugar a una malla de relaciones cuyos puntos, roturas, nudos  formarían los argumentos de las minificciones.

Tengo la impresión de que las minificciones surgen siempre de tejer metáforas y de las conclusiones que se derivan de ellas de tal modo que en la malla resultante es donde descubrimos posteriormente el núcleo, el germen de nuestros minirrelatos.

¿Y si  llega cuando menos te lo esperas?

Los compañeros han comentado en el artículo anterior que la inspiración llega cuando menos te lo esperas y esto parece contradecir las conclusiones de mi reflexión.  Pensemos en algún ejemplo:

Sigue durmiendo,
vino la revolución
mientras dormías.

Este magistral texto de Ikal Bamoa puede servirnos para ilustrar qué proceso mental creo que subyace tras todo fulgor creativo. Creo que esto pasó por la mente de Ikal para llegar al minirrelato en cuestión:

Cuando duermo sueño en un estado de cosas de cuya naturaleza sabemos ciertamente poco, quizás lo que soñamos ocurre en algún lugar, dimensión… También soñamos despiertos, quizá recíprocamente tenemos vigilias mientras dormimos…quizá mientras dormimos tenemos vigilias que alteran la realidad, la revolucionan …”

Sólo es un posible desarrollo, un posible tejido, pero pueden haber innumerables costuras.

De tal modo que para inspirarnos el mejor ejercicio debería ser:

1) descomponer en partes un determinado marco, preferentemente un minúsculo universo plagado de metáforas y simbologías; cuando hablo de partes me refiero a palabras, refranes, dichos, tropos asociados con deteminado microuniverso.

2) desarrollar dichas metáforas y figuras teóricas, esto es, extraer las implicaciones, deducciones, presupuestos relacionados con las mismas;

3) realizar una lectura atenta de dicho tejido en busca de contradicciones, paradojas, contrastes, curiosidades, etc.

4) finalmente imaginar una escenografía donde ese contraste sea el protagonista y tendrás en tu poder la minificción buscada.

Aunque parece fácil no lo es porque cada uno de los pasos apuntados requiere a su vez mil minúsculas inspiraciones colaterales, por decirlo así.

Ahora bien, si la inspiración llega como yo digo, esto es, de un modo tan metódico, argumental, racional,  ¿cómo es posible que tanta gente hable de que a ellos les llega de improviso, sea en el bus, antes de irse a dormir, etc, o sea justo todo lo contrario de lo que yo he mantenido?

Aquí he de adentrarme en terrenos un tanto psicológicos y pantanosos. Desde mi punto de vista no hay ninguna contradicción entre mi análisis y los testimonios de quienen hablan de una inspiración ineplicable, imprevisible, inasible. Me atrevería a clasificar los contextos en que surge la inspiración en cuatro categorías:

1) “La inspiración me llega trabajando“, decía picasso. Aquí la inspiración llega, por decirlo así, saliendo a buscarla, mediante ensayo y error, ensayo y error… hasta que surge la chispa. Usando el lenguaje de mi análisis, la inspiración llega analizando partes de contextos, probando relaciones entre esas partes…

2) La inspiración me llega sin buscarla, estoy paseando por la calle y llega de improviso. No sería tanto que llega de improviso, cuanto al hilo de una secuencia de imágenes, sentimientos, pensamientos. Este sería el caso referido del bus, la ducha, la cama, etc. A mí parecer lo que ocurre es que estamos tejiendo, sin darnos cuenta, dando puntadas de ciego, por decirlo así, pero tejiendo, de un modo confuso, casi dejando el pensamiento ir solo, hasta que algo en esa malla llama la atención porque no encaja, porque se destaca respecto al resto o porque choca con algún esquema previo. De tal modo que aunque parezca que no hay racionalidad, metodicidad,  sí hay dicho tejido argumental pero de un modo confuso y borroso…

3) La inspiración nos llega en el diálogo. Son los análisis a que nos obliga la realidad en sus múltiples manifestaciones. Tenemos que hablar con alguien y construimos tejidos que queremos salpicar de humor, de ingenio, de tal modo que hilamos fino y nosotros mismos nos encontramos con un aspecto ingenioso, interesante o chocante… También aquí estarían presentes los elementos que he apuntado.

4) Esto que es el extremo opuesto, es la descarnada realidad que nos absorve, que nos aleja lo más posible de la imaginación y lo literario. Aquí no hay inspiración porque no estamos en contacto con metáforas, sino con la vida pura y dura… El que está 8 horas currando en un taller de reparación de autos, entre tuercas, muelles, grasa, etc, concentrado en la faena, no llegará a ningún fulgor de inspiración, aunque sea la persona más creativa del mundo. Otra cosa será después a la hora del bocadillo con los amigos, en cuyo caso volvemos al punto tres.

Esto es  sólo la punta del iceberg, hay que seguir desarrollándolo y sobre todo sería interesante ponerlo en práctica, esto es, analizar multitud de microrrelatos a la luz de estos esquemas.

Ser intrépidos al escribir
Carmen María | February 11, 2010 | 2:55 pm

Por Natalie Golberg en su libro: La escritura, una terapia creativa.

"Sillón" Intrépida pintura de Natalie GoldbergCuidado con el uso que le dan a la palabra porque: los escritores no tiene necesidad de explicar las cosas. Tienen necesidad de afirmarlas. “No el porqué sino el qué”. Por ejemplo: Fui a una tienda porque necesitaba algo. La odio porque es una zorra. Verónica compró pan integral porque tiene invitados a comer.

Porque no es una palabra necesaria en las frases anteriores. En su lugar: fui a la tienda. Necesitaba algo./ La odio. Es una zorra. / Verónica compró pan integral. Tiene invitados a comer. Puedes hacer afirmación tras afirmación. Escribir es la práctica de afirmarse uno mismo.

No tienen que unir las frases ni razonarlas. La yuxtaposición habla por sí sola. No se dejen empantanar por la necesidad de explicar. Limítense a escribir la frase tal cual es. Sean intrépidos.

Aconsejo ser cuidadosos con la palabra muy. Generalmente no la necesitamos. Es una palabra que recalca algo que ya se ha anunciado. “El muchacho era muy tímido”. Tampoco añade gran cosa y lo cierto es que “el muchacho era tímido” nos ofrece una afirmación más directa. Oímos mejor tímido sin la fanfarria del muy. Muy disminuye la presencia de la palabra a la que modifica. “Es muy bueno” Quitad la palabra muy. Es bueno. Esta es una aseveración valiente que rara vez se utiliza. Simple, directa, al grano. Nada de elaborados adornos en torno a la cualidad de bueno. Sencillamente bueno.

Ocurre lo mismo con la palabra realmente. “Estuvo realmente bien” . Casi parece que el escritor no se crea que estuvo bien…, “Lo prometo, realmente estuvo bien”. “Estuvo bien” es una afirmación simple y directa que podemos sostener. No hace falta inflarla. Las palabras y la estructura de las frases revelan la identidad del escritor. Enuncien claramente lo que tienen que decir. No tengan miendo. Avancen.

Encuentro que cuando hablo utilizo mucho realmente porque  en mi fuero interno no espero la atención de la gente. Intento conseguir que realmente escuche. Y escuchan o no escuchan. No tenemos que lograr que realmente lo hagan.

Podemos asentarnos en el interior de nuestro cuerpo y escribir. No ocultarlo ni exteriorizarlo. Solo estando presentes. Entonces escribimos por puro vacío. Escribimos porque escribimos y por ninguna otra razón. Eso es bueno.

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Ruido, canalla ruido

Leer poesía
Carmen María | February 7, 2010 | 9:54 am

“La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
—ni siquiera palabras.”
(…) “Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz.
Y despertamos.”

Eugenio Montejo

Me gusta leer poesía desde que era una niña y los poemas de Tagore me sorprendieron, regalándome un ramo de flores que envió para mí el mismo poeta hacía más de cien años. Cuando leo poesía y no logro aprehender su significado me acuerdo siempre de lo que escribió Tagore en uno de sus inmortales “cantos”:

Sin embargo, no encuentro exactamente lo que busco; no comprendo bien
lo que quisiera aprender; pero este mensaje que no he sabido descifrar me hace
dulce y alegre la jornada y mi pensamiento se ha trocado en melodía.

Escribí mis primeros versitos a la edad de ocho años. Más tarde me di cuenta de que le había robado la idea a José Goroztiza, el escritor mexicano que con quien me hubiera gustado compartir una barca en el silencio lleno de colores de los ríos tabasqueños. El poema que ingenuamente “copié” es una de sus  Canciones para cantar en las barcas:

II

No canta el grillo. Ritma
la música
de una estrella.

Mide
las pausas luminosas
con su reloj de arena.

Traza
sus órbitas de oro
en la desolación etérea.

La buena gente piensa
- sin embargo -
que canta una cajita
de música en la hierba.

En la adolescencia me di cuenta que la poesía no vivía exclusivamente en los versos rimados. Con gran deleite de mi parte leí al inmortal Platero, Para entonces yo pasaba las tardes pastoreando cabras y admirándome del cielo enorme de Yucatán. Las palabras de Juan Ramón Jiménez , sólo las suyas, podían ilustrar con tanta sencillez los sentimientos exaltados que me dejaban sin habla:

Caía la tarde de abril. Todo lo que en el Poniente había sido cristal de oro, era luego cristal de plata; una alegoría, lisa y luminosa, de azucenas de cristal. Después, el vasto cielo fue cual un zafiro transparente, trocado en esmeralda. Yo volvía triste…

Ya en la cuesta, la torre del pueblo, coronada de refulgentes azulejos, cobraba, en el levantamiento de la hora pura, un aspecto monumental. Parecía, de cerca, como una Giralda vista de lejos, y mi nostalgia de ciudades, aguda con la primavera, encontraba en ella un consuelo melancólico.

Sé que leer poesía no me ayudó a escribir mejores poemas. Éstos, pobrecitos, siguen siendo lo más cojo de mis creaciones. Sin embargo, creo que el estar siempre cerca de los textos poéticos me ha ayudado a experimentar con el lenguaje, y a darle cierta carga poética a mis cuentos y relatos sobre la vida cotidiana. Sigo escribiendo versos. Eso sí, porque lo disfruto. Y todos los días tengo algún poemario junto a mí, porque hay tantas cosas que todavía no sé cómo decir, y siempre encuentro un poema que ya encontró la manera.

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Intentar, intentar e intentar

¿Qué pondrías en tu maletín?
Carmen María | February 2, 2010 | 3:38 pm

Iniciarse en la escritura creativa es como empezar un viaje en el que, por fortuna, a medida que nos adentramos en sus territorios, podemos abastecernos de los útiles que nos facilitarán la travesía. No está de más, sin embargo, preguntarles a quienes son viajeros expertos y empacar lo mínimo indispensable.

El escritor  Luis Landero propuso en un taller, un juego que quizá nos sirva. Hacer una lista de las herramientas útiles para poner en nuestro maletín de viaje. Él proponía las siguientes:

Unas buenas botas para subir al monte de lo salvaje en nuestras mentes, y una brújula para orientarnos porque es fácil empezar y perderse.

Un catalejo, para mirar a distancia, coger perspectiva, ver con luces largas y trazar un plan.

Una lupa, para ponerla en los ensueños y en recuerdo, y para poder detectar los detalles cotidianos.

Alas, pero que no sean de cera como las de Ícaro, para que no se derritan cuando llevamos la imaginación hasta su máxima verosimilitud y nos despeñemos en la fantasía arbitraria.

Un espejo, para saber aceptar el rechazo y rechazar la aceptación cuando no correspondan a la verdad.

Un reloj roto: No tenemos prisa pero tenemos una tarea en marcha. Sin angustia, pero sin complacencia.

Un mástil para atarnos como Ulises contra los cantos de sirena de la pereza, la fantasía estéril, el dinero, la fama, el miedo.

¿Se te ocurren más herramientas para emprender el viaje?

La nota del laúd
Carmen María | January 30, 2010 | 4:02 pm

Gertudre Stein dijo una vez, riéndose, que escribir es tan solo decir lo que uno sabe. Bueno, ese decir es un ejercicio tan difícil en técnica como en honradez; pero debe manifestarse de la manera más inmediata, más espontánea y más impremeditada posible.

Thornton Wilder

¿Y usted, por qué escribe?
Carmen María | January 25, 2010 | 9:21 am

Por Juan Gabriel Vásquez

Entre las que recibe un escritor en el curso de una entrevista, hay sólo una que es absurda, a pesar de que parezca la más pertinente de todas: y usted, ¿por qué escribe? La pregunta parece pertinente porque el acto de escribir —ficción, se entiende— no es normal: no es normal dedicar ocho horas al día, más o menos, a imaginar en completa soledad las vidas de gente que nunca ha existido; no es normal dedicar seis años, como Tolstoi, o diecisiete, como Joyce, a contar un cuento. Y la pregunta es absurda porque hay un rasgo esencial que distingue a los novelistas (o poetas, o dramaturgos, o cuentistas) del resto de los usuarios del idioma: y es que nadie, o casi nadie, tiene realmente claro por qué hace lo que hace.

Por supuesto que todos se cargan de razones, todos hacen malabares más o menos sofisticados para encontrarle una justificación a esta actividad injustificable. William Gass, a quien estoy traduciendo por estos días, dice: “Escribo porque odio”. García Márquez famosamente dice: “Escribo para que mis amigos me quieran más”. Pero lo cierto es que muy pocos novelistas comienzan a escribir en la edad adulta, muy pocos deciden a los veinte o treinta años sentarse a contar una historia sin haberlo hecho de niños, y los niños, ya se sabe, no suelen preocuparse demasiado por justificar sus intereses. Es más o menos lo que decía Jean Cocteau: “Sé que la poesía es indispensable, pero no podría decir para qué”.

Estaba yo pensando en esto cuando me encontré, hace poco, con la entrevista que le dio Paul Auster a la Paris Review en 2003. Está hablando de los lectores que se vuelven escritores: “Un verdadero lector sabe que los libros son un mundo en sí mismo, y que ese mundo es más rico y más interesante que cualquiera que hayamos visitado con anterioridad. Creo que eso es lo que convierte a un joven en escritor: la felicidad que se descubre viviendo en los libros. Uno no ha vivido lo suficiente para tener gran cosa que contar, pero llega el momento en que se da cuenta de que nació para hacer esto”. Me gusta esta última línea: el futuro escritor no escribe porque tenga un tema, pues pocos tienen temas a la edad en que comienzan a escribir. La idea me parece más justa, pero sobre todo más sugestiva, que esa vieja y cansada banalidad de escribir para expresarse, esa idea más propia del Querido Diario de un adolescente o de un libro de Paulo Coelho (muchas veces superado en interés y honestidad por el Querido Diario de un adolescente: pero éste es otro problema).

En ese librito maravilloso que es Leer y escribir, Naipaul cuenta que tenía once años cuando sintió por primera vez el deseo de ser escritor, pero que durante mucho tiempo esa ambición fue una especie de farsa: Naipaul acumulaba plumas finas y cuadernos bonitos, pero no escribía nada, porque no tenía nada que escribir. La ambición de ser escritor le llegó muchos años antes de encontrar sus historias. La obsesión vino antes que el tema. Escribir como actividad gratuita, irracional; escribir como fin, no como medio. Escribir porque uno no sabe hacer otra cosa y, peor aún, porque a uno no le interesa saber hacer otra cosa. Escribir, en fin, como manera de estar en el mundo.

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Proteger la vida creativa
Carmen María | January 17, 2010 | 8:28 pm

¿Siempre has querido escribir, pero no le enseñas tus textos a nadie? ¿Deseas fervientemente pintar pero no encuentras tiempo para tomar el pincel? ¿Sabes que la escritura es tu vocación pero decides estudiar medicina? ¿Por qué tantas veces no somos capaces de autodenominarnos escritoras/es pintoras/es o artistas? Clarissa Pinkola nos habla de ello en el siguiente fragmento tomado de su libro.

Alguien me dijo cuando era pequeña que era tan fácil crear para lo bueno que crear para lo malo. Pero yo he descubierto que no es así. Es mucho más difícil mantener el río limpio. Es mucho más fácil dejar que se contamine.

¿Qué pasa cuando algo se apodera de la corriente creativa y la llena cada vez más de cieno? ¿Y si nos quedamos atrapados en ese algo, y si de una forma un tanto perversa ese algo no sólo nos empieza a gustar sino que, además, confiamos en él, vivimos de él y nos sentimos vivas mediante él? Entonces se produce hambre en la tierra y contaminación en el río.

Crear deriva del latín creare, con el significado de producir vida o cualquier cosa donde antes no había nada. El hecho de beber agua del río contaminado es la causa del cese de la vida interior y por consiguiente, también de la exterior. La contaminación provoca la deformación de los hijos,  símbolos de los jóvenes ideales e ideas. Los hijos representan nuestra capacidad de producir algo donde antes no había nada. Podemos reconocer la presencia de esta deformación del nuevo potencial cuando empezamos a poner en tela de juicio nuestra capacidad y, sobre todo, nuestro derecho a pensar, actuar y existir.

Las mujeres de talento, incluso cuando reivindican sus vidas creativas, incluso cuando brotan cosas bellas de sus manos, de sus plumas o de sus cuerpos, siguen dudando de su valía como escritoras, pintoras, artistas y personas reales. Y por supuesto que son reales. Por más que muchas veces se complazcan en atormentarse poniendo en entredicho lo que es “real”.  Una campesina es una campesina real cuando contempla la tierra y planifica las cosechas de la primavera. Una corredora es real cuando da el primer paso. Una flor es real cuando está todavía en su tallo materno. Lo real es lo que tiene vida.

Pero es necesario proteger la vida creativa, evitar el hambre del alma, para ello es necesario practicar diariamente, y después, no permitir que ningún pensamiento, ningún hombre, ninguna mujer, ningún compañero, ningún amigo, ninguna religión, ningún trabajo y ninguna voz avinagrada nos obliguen a pasar hambre.

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