I.
¡Qué placer da flotar muy pero muy despacio mientras se toma una siesta a media tarde! El navegante automático va eligiendo por dónde llevarme al Golfo y yo hace un par de horas que me abandoné al sueño. Desde el sótano de un hostal miro escaleras arriba; hace rato que veo sobre el peldaño superior una bolsa de cartón llena pedacería de trastes rotos; de pronto, una mano la levanta por las asas de un tirón y el fondo de la bolsa se revienta; yo grito, alguien ríe arriba, caen los añicos y esquirlas rebotando por las tablas; todo pasa muy aprisa y no alcanzo a entender lo que veo, parece que con cada golpe los pedazos se unen y se van formando trozos más y más grandes; retrocedo dos pasos para esquivar ¿será posible? un plato entero, incólume que queda junto a mi pie derecho; al rededor de las patas de la escalera, el resto de la vajilla, íntegra, reluciente, inverosímil. Estremecido y horrorizado, abro de golpe los ojos y encuentro el color musgo de mi cobija. Giro sobre mi izquierda, doy la cara al sol, respiro y huele a ciruelas.
Carajo, no puede ser. Un sueño así en cualquier otra ocasión me habría levantado el ánimo, pero justo ahora es el peor de los augurios: Mañana llego a Quechulac para hacer el Muknal de verano, y esta vez traigo seis de las cestas repletas, no como en primavera, que les falló la refrigeración y apenas traje una y media. Tomo del huacal de ofrendas un par de ciruelas y las mordisqueo en silencio, volteando hacia babor y viendo moverse algunos bosquejos aborregados de nube. Pasan tres minutos. Se me jodió el ánimo de volar. ¿Dónde estamos? Necesito pensar y pienso mejor entre encinos. ¿Habrá por aquí unos cuantos? Me deslizo hasta el tablero y reviso el Google Earth. Ajá. Estamos a nada de la nieve, esta manchita blanca es el Pico de Orizaba. Tres o cuatro clics, un par de cracs, un escrích, un poing, enter. Para abajo.
II.
Sudo bajo toda mi ropa, entre la nieve. Durante casi seis horas machaqué, exprimí, cerní, colé y batí. Me entretuve haciendo helado de sabores, para no pensar de brazos cruzados. Nunca había usado nieve natural, pero mi recetario una vez más me sacó de apuros e hice once botes, variados: Albérchigo, níspero, ciruela, espárrago, Snickers, orozuz, esquites, chile morita, tuna, bugambilia y pulque.
Estoy inquieto, nervioso, frenético; no paro, pero aún no decido qué hacer. No quiero acercarme más al sepulcro hasta aclararme, y me pesa tanto en el corazón no hacer el Muknal como intentar hacerlo después de ese sueño infame. Basta de jugar a los heladitos, a dormir antes de que se me congele el sudor en la ropa. Subo a Hypatia y desenrollo el costal eléctrico. Apago los reflectores y doy por clausurada la jornada con un vistazo rápido a la luna creciente, que mira hacia acá de reojo. ¿Y tú qué, mustia maquillada… alguna sugerencia? Bríllale pa’l otro lado, que soy de párpado delgado.
III.
Hermoso regalo, despertar con la ilusión fresca de una noche sin sueños. ¡Qué poquito sol le basta a una cima nevada para alardear con destellos espectaculares! Amaneció y me sentí más ligero, como rejuvenecido. Me desencostalé y bajé de un brinco a la nieve, a mear. La cresta del sol seguía subiendo y cada segundo el blanco era más blanco. Muchos metros blancura abajo pude ver algunos de los árboles que vine a buscar. Al rato nos vemos, voy a desencochambrarme.
Aún no sé qué hacer, pero cuál es la prisa. Subo un par de cubetas de nieve para mi baño y, mientras se hace agua tibia, tomo el arpa y la acomodo entre mis piernas cruzadas. Jugueteo con unos arpegios tímidos, voy calentando los dedos con unaos acordes, y muy pronto estoy en éxtasis, improvisando escalas absurdas y aguerridas. Oh, deleite… Habrá pasado media hora en un par de minutos, y siento cómo el vapor que sube detrás de mí me va desentumiendo las orejas. ¡Vibren todos conmigo! Mis ojos entrecerrados se abren al máximo, asustados. Suelto el arpa y resbala hasta el suelo, estalla al chocar contra una piedra. ¿Quién carajos está allí? Claramente ’sentí’ mientras tocaba que ‘alguien’ danzaba o tarareaba al compás; que disfrutaba haciéndolo y que, por un segundo, estuvimos en comunión…
Bajo con una bolsa a recoger las cuerdas, astillas y pernos que lloraban un desahucio helado. ¿Sentí? ¿Escuché? ¿Imaginé? Respiro profundo y miro alrededor. ¿Y por qué el miedo, si fue algo hermosísimo? Río, nervioso. Comienzo a bajar, marchando en la nieve, mientras tarareo “No te enamores nunca de aquel marinero bengalí”, atento a cualquier sonido o sensación como la de antes. Después de un rato canturreando, identifico en mi nuca un cosquilleo bailarín. Sonrío emocionado. Sigo caminando y siento cómo se intensifica el bailoteo por toda mi columna conforme me acerco a una grieta vertical enorme. Doy unos pasos más, puedo sentirlo muy cerca, no siento ya el menor temor.
IV.
Seis metros antes de la grieta, me los topo de frente. Tardo un momento en reaccionar, impávido, incapaz de creer que encontré una colonia viva de kleirápsidos. Hola, hermosos. ¿Qué hacen canturreando a 5,600 metros de altura, y… vivos? Los tengo a mis pies, regados por el suelo, inmóviles. Jamás había visto uno, ni siquiera en foto. Los reconozco por su colorido artificial, por las aristas de sus costados y porque ya comprobé su forma peculiar de conectar con otros seres a través de la música.
A decir verdad, siempre los creí seres de fantasía. Ahora que los tengo ante mis ojos no sé qué pensar. Los veo y sólo a medias los creo. Se dicen de ellos cosas francamente inauditas. Voy por la cámara, esto ni yo me lo creo. Dejo en el piso la bolsa con los restos de mi arpa y al instante veo cómo se precipitan dentro tres o cuatro docenas, todos los que caben dentro. Mi primer impulso es acercarme a defender lo mío, pero la voracidad con la que atacaron me intimida y ahora el inmóvil soy yo. Escucho una nota y luego otra. Creo entender lo que sucede y me estremezco entero. Sé que vienen de mi arpa. No es posible. No es posible. No es posible. Mis piernas se quieren doblar y no se los permito, pero retrocedo.

Kleirápsidos hambrientos
Con un último acorde inarmónico prolongado, cesa el movimiento y, de nuevo, todos los kleirápsidos lucen pétreos, inertes. ¿Terminaron de comer? No sin miedo tomo la bolsa por un extremo y lentamente la volteo boca abajo. Ellos caen sobre la nieve, quietecitos. Con el otro brazo saco el arpa: Perfecta, orgullosa, enterita. Un prolongado escalofrío me escanea completo y en mi cabeza escucho el desromper de platos que bajan rebotando una escalera. Qué significa esto.
No hay tiempo de pensar. En mi alfombra aúlla la alarma contra incendio. Corro hacia allá, como puedo, y pronto la veo: Mi vida se quema en una altísima pira flotante; Hypatia vuela en círculos, temblorosa. Mientras avanzo torpemente, cuesta arriba y hundiendo las botas en la nieve, mentalmente repaso cuánto de mi patrimonio consume en las llamas. Todo: Comida, ropa, libros, baúles con aparatos, mis gadgets, mis juguetes, la computadora, el telescopio… Caigo de espalas y doy un par de giros hacia atrás, pero de inmediato me levanto y sigo subiendo. Los utensilios de cocina, mi costal eléctrico y mi almohada chupatristezas, el iPod y el fonógrafo comediante, la bitácora, la tritácora y la tetrácora, mi medicina contra el odio, la colección de cordones umbilicales de trillizos, mis marionetas ventrílocuas, mi monociclo… Tropiezo con una piedra y esta vez la caída de lleno en la nieve me sofoca. Mi boca está llena de nieve sin sabor que sabe a desesperación salada. No puedo ver, algo me quema los ojos. Tal vez es mejor así, Hypatia, no te quiero ver caer. Consigo ponerme de pie en la oscuridad y, con el tacto de un calcetín empapado pegado al pie, descubro que perdí un zapato. Quiero gritar, caigo de rodillas, no puedo llorar siquiera. No voy a esperar a la muerte así. ¡Yo voy a buscarte a ti, cabrona! Comienzo a desnudarme.
V.
¡Qué agradabilísimo es asolearse desnudo y sentir el viento fresco en la piel! Y estar entero, y estar vivo. Y no estarlo soñando. El navegante automático va eligiendo por dónde llevarme de regreso a casa. El hambre me despertó hace unas horas. Estaba dentro del costal eléctrico, más sano y más lúcido que nunca, pero sin ropa. Hypatia ondeaba impaciente, un par de metros encima de mí. Subí a bordo y encontré todas mis pertenencias en inmejorable estado. Todas las antigüedades lucían ahora un poco anacrónicas y avergonzadas, por primera vez las vi pulcras y nuevecitas. Los kleirápsidos, devoradores del deterioro, la enfermedad y la muerte, se dieron un festín con nosotros que confío en que ayudará a preservar su especie un tiempo más.
Pero no habrá Muknal de verano, por eso no voy camino a Quechulac. Solía pensar que al recoger los cadáveres frescos de insectos y animales pequeños que mueren en la Ciudad para ir a sepultar sus cuerpos en el campo les daba yo el final más grato y decoroso imaginable. Pero tras haber vivido mi muerte en una cima nevada, la idea me parece ahora aberrante y bastante ridícula. Además, los kleirápsidos vaciaron de bichos muertos las cestas refrigerantes. Sin duda se las arreglaron para conducirlos montaña abajo, fuera del área nevada: No importa cuantas veces murieran de frío o de hambre por el camino, mientras haya cerca una criatura de esas, tendrán más vidas que un protagonista de videojuego.
Comienza a caer la tarde y vuelo ahora sobre nubes que prometen lluvia. Ya casi llegamos. Pienso en el Pico de Orizaba, recibiendo especímenes inmigrantes de varias especies. ¿Habré desencadenado un cataclismo ecológico? Prefiero pensar mejor en las docenas de grillos que sé que hicieron el viaje conmigo y que ahora seguro enamoran con su musiquilla a los kleirápsidos que los escoltan. Imagino a unos y a otros en un éxodo festivo, avanzando montaña abajo, cantando y bailando para darse calor. Y dejándose aquellos morir de vez en cuando, por pura gratitud y reciprocidad por cada nueva oportunidad de volver a cantar.